—Señor Cura... (balbuceó Manuel.) Baje usted la voz...—Yo no soy judío, moro, ni cristiano.

—Pues ¿qué eres, hombre inicuo?

—Yo no soy nada...—repuso el jóven, cerrando los ojos y encogiendo los hombros como quien declara un delito de que no se cree responsable.

—¡Jesus! ¡Jesus!—gritó el Cura con indecible espanto.

Y, alejándose del que tal ofensa le habia hecho, sentóse de medio lado en una silla, dándole la espalda, y comenzó á llorar desconsoladamente.

Manuel añadió con grave acento.

—No he debido ocultarle á usted la verdad. Por eso acaba de oirme decir lo que hasta ahora no habia dicho á nadie.—Yo no hago ostentacion de esta desgracia mia, que debo á crueles enseñanzas del mundo, á lo que he visto en pueblos de diferentes religiones, á lo que he leido en obras que no debieron escribirse...—Respeto mucho, sin embargo, las creencias de los demas, y usted comprende que hubiera sido escarnecerlas aceptar hipócritamente el cargo de Mayordomo de esta Imágen, cuando mi corazon no le rinde ya más culto que el que solemos tributar á los muertos queridos.

—¡Y yo he criado á este hombre! (gimió D. Trinidad con mayor desconsuelo:) ¡Yo lo he llamado mi hijo! ¡Yo lo queria con toda mi alma!—¡Ahora me explico que esta noche haya despreciado todos mis consejos! ¡Ahora conozco que no hay remedio para él! ¿Quién gobierna un barco sin timon? ¿Quién dirige un caballo sin bridas?—¡Estoy vencido! ¡Su perdicion es segura! ¡Ya vivirá á merced del viento de sus pasiones! ¡Ya será del último que llegue! ¡Satanás ha triunfado!—¡Niño Jesus! Oye la súplica de este tu humilde siervo: ¡yo quiero morirme! ¡yo no quiero vivir más en un mundo tan execrable! ¡mátame por favor! ¡llévame contigo! ¡tu Madre Santísima cuidará de Polonia, como Polonia ha cuidado de mí durante cuarenta y ocho años!—¡Qué diferencia entre unos séres y otros!... Ella me crió de limosna, al ver que mi pobre madre estaba enferma y no podia costearme ama... Ella me dió luégo pan, cuando en mi casa no habia bastante para todos... Ella me colocó de aprendiz en la alfarería... Ella me ha asistido de balde, por caridad, desde que mi madre murió y me quedé solo... Ella, en suma, ¡ha sido para mí lo que yo para este desalmado!...—¡Niño Jesus! ¡Vírgen Purísima! ¡Disponed como querais de dos pobres viejos, que nunca han renegado de vosotros; y, si algo bueno hemos hecho en este mundo, sirva de merecimiento para que toqueis al corazon del infortunado Manuel Venegas!

Á fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y mal perjeñada deprecacion conmovió profundamente al jóven descreido, no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de la filosofía, máxime si caen en un corazon sensible y generoso.—Si don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habria podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente vemos en el mundo; pero contra el panegírico de Polonia, vg., no cabia ninguna objecion.

Así fué que Manuel se arrimó á su padrino, y le dijo, quitándole las manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo.