—¡Vaya, señor Cura! ¡no llore usted más, que sus lágrimas me están asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra, y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo, seguir acometiéndome de este modo!
Don Trinidad se apoderó de la mano con que el jóven le enjugaba las lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño mimado, exclamó zalameramente:
—Pero, ¡hombre! Míralo siquiera... ¡No lo desaires hasta el punto de volverle la espalda!... ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus padres, el Dios de tu patria, que ha venido á hacerte una visita! ¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!...
Manuel, en quien, por lo visto, la supersticion habia sobrevivido á la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó volver la cabeza hácia el Niño Jesus, y no se atrevió á ello. Ántes dió un retemblido de pavor y bajó los ojos al suelo...
Pero estaba escrito que aquel dia ocurriesen singularísimas coincidencias...—Decímoslo, porque Manuel y el Cura oyeron en tal instante, dentro de aquella misma habitacion, los tiernos sollozos de un niño...
Manuel miró aterrado á D. Trinidad, creyendo que quien lloraba era el Niño Jesus...
Don Trinidad sonrió tristemente, y señalóle con el dedo la puerta de la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse á pasar adelante...
—No sueñes con milagros, ni verdaderos ni fingidos... (dijo al mismo tiempo el Cura á Manuel.) Aquí no hay más milagro que el que tu buen corazon haga...—¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad, que viene á pedirte perdon para sus padres!
—¡Su hijo! (rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala.) ¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¡Os habeis propuesto matarme! ¡Os habeis propuesto volverme loco!
Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que habia caido su corazon.