—¡Manuel, repórtate! (dijo D. Trinidad, acercándosele dulcemente.) Yo no soy tu verdugo... ¡Tú eres el mio y el de esa pobre familia que te pide misericordia!...
—¡Que se lleven á ese vil enjendro de la traicion y la mentira!—gritó el insensato, sin volverse, ni apartarse de la pared.
El niño tornó á llorar.
—¡Grande hazaña! (exclamó D. Trinidad Muley.) ¡Injuriar á un pobre niño!... ¡Asustarlo!... ¡Despedirlo!
—¡No quiero verlo! (bramó el jóven.)—¡Si lo viera, lo mataria!
—Poco te falta para matarlo... ¡Ya le has hecho ponerse enfermo! (dijo tristemente la abuela.) Su madre le ha dado á mamar veneno desde que supo que venías; y esta noche me lo llevo á mi casa, dolorido y hambriento, ¡como si él tuviera la culpa de que tú no fueras dichoso!...
—Pero ¿por qué no viene su padre en lugar de él? (replicó Venegas con desesperacion.) ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?
D. Trinidad hizo una seña á la señá María para que callara, y apresuróse á responder por sí mismo en estos términos:
—Supongamos que ese hombre de bien te teme... ¿No le sobra razon para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay más que matarse con el primer desesperado que nos provoca?—Porque, Manuel... (¡Vamos claros!) ¿qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué palabra te empeñó nunca? ¿Qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees tan indigna que por tí se deshonre y deshonre á su marido?
—¡Soledad es mia! ¡Soledad me ama!—exclamó Venegas fanáticamente, volviéndose hácia sus interlocutores en ademan de desafío.