—Contéstele usted, señora...—dijo D. Trinidad á la señá María Josefa.
—Manuel... (pronunció la madre, ocultando á su nieto miéntras hablaba:) Mi hija te ha querido... Pero es una mujer de bien; y, habiéndose casado con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de ella...
—¡Mentira! ¡Soledad no está casada! (gritó Manuel con desesperacion.)—¡Su casamiento es nulo! ¡Soledad no ha dejado nunca de quererme! ¡Yo la conozco desde que era niña! ¡Yo sé lo que me decian esta tarde sus divinas lágrimas!
—Te equivocas, Manuel... (prosiguió la madre:) Soledad es incapaz de faltar á sus deberes de esposa...—Tu presencia en este pueblo sólo puede dar lugar á desventuras para todos, y de manera alguna á felicidades para tí ni para ella...—El único bien que puedes hacer á mi hija (y que le harás, supuesto que tanto la quieres), es ausentarte, dejarla en paz, no ser la perdicion de su casa... ¡Y eso venimos á pedirte este angelico y yo! ¡eso te suplicamos rendidamente!
—¡Que venga á decírmelo ella! (replicó Manuel con indescriptible amargura:)—¡Verán ustedes cómo no se atreve á pedirme que me vaya!—¡Yo la conozco! ¡Su corazon es mio!... ¡nada más que mio! ¡mio desde la edad de ocho años!
—¡Esas son locuras, Manuel! (replicó la señá María.) ¿Cómo ha de venir á verte una mujer casada?—Pero ¡harto claro te decia esta tarde con lágrimas su deseo de que te marches, de que la perdones, de que nos perdones á todos!...—Soledad no lloraba por lo que tú te figuras...—Soledad lloraba de miedo... como llora este pobre niño...
—¡De miedo! (repuso el jóven en són de burla:) Esa es otra mentira...—Soledad no me teme..., ¡y hace bien! ¡Soledad me conoce!—El miedo lo tiene su cobarde tirano... El miedo lo tiene usted, que no estorbó su casamiento... El miedo lo tiene ese que no debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mio...—¡Y los tres haceis muy bien en temblar!—¡Ah! ¡Mi primera idea es la segura!... La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo.—¡Usted se quedará con ese expósito, hijo del crímen, y yo me marcharé con mi adorada!...—¡Mataré, pues, á Antonio! ¡Lo mataré, aunque sea en medio de la Iglesia! ¡Lo mataré, aunque se oponga el mundo entero!
—¡Cómo se entiende! (prorumpió al fin D. Trinidad, lleno de indignacion y de ira:) ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No te abofeteo ahora mismo, porque está delante el Niño Jesus! Pero me marcho... Te desprecio... ¡te abandono!—¡Buen recibimiento me has hecho en tu casa, la primera vez que he venido á ella!
—Manuel... ¡te lo pido de rodillas! (decia al mismo tiempo la anciana, postrándose á los piés del hijo de D. Rodrigo.) ¡Te lo pide una madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas! ¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasion de este inocente!—Y, si es que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo!... ¡Yo te lo entrego!... ¡Aquí lo tienes!
Y, así hablando, ponia el niño á las plantas del jóven, con aquella inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones maternales.