—¡Vámonos, señora! ¡Dejemos á este monstruo! (añadia por su parte D. Trinidad.) Acudiremos á la Justicia... ¡Yo mismo haré que lo aprisionen!...—¡Adios, hijo indigno de D. Rodrigo Venegas! ¡Me voy, porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque te creo capaz de ponerme la mano encima, si yo te castigara como mereces!—¡Adios! nuestras relaciones han terminado... ¡Me arrepiento de haberte conocido!
—Manuel... ¡no lo oigas!... ¡óyeme á mí! (proseguia diciendo la madre de Soledad, arrastrándose á los piés del jóven, el cual estaba como petrificado, con los cabellos de punta, y con los cerrados puños sobre la frente.)—¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más que á su vida! ¡Es tu segundo padre!—Y yo te quiero tambien...; y tambien te quiere este niño...—¡Mira!... ¡Mira cómo te sonrie!
—¡Basta! (gritó al fin Manuel con desgarrador acento, abriendo los brazos y tirando la cabeza atras.) ¡Basta, crueles sayones, encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya!... ¡Idos!... ¡Salid!—¡Os lo mando... os lo aconsejo... os lo suplico!—¡Dejadme solo, si no quereis que con vuestra sangre y la mia se forme un lago en este aposento!—¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladron que me ha robado la felicidad!...—Márchese usted, señora... Márchese usted, señor Cura...—¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo!... ¡Conozco que puedo horrorizar al mundo!...
Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en silencio hasta la puerta, andando hácia atras y sin quitar la vista de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.
Hasta D. Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la anciana, y por el mismo jóven, que estaba á punto de morir ó de volverse loco, á juzgar por la violenta agitacion de su pecho, por la hinchazon de su frente, por el trastorno de su mirada...; y, conociendo, al propio tiempo, que ya no habia más palabras que decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse tambien lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo siquiera del pasado enojo.
Así salió de la habitacion, cuya puerta dejó entornada...
Manuel quedó solo con el Niño Jesus.
V.
EL ROCÍO DEL ALMA.