Las doce de la noche acababa de cantar el sereno cuando D. Trinidad y la señá María Josefa se retiraron de la sala, dejando en manos de la famosa Imágen del Niño de la Bola la solucion de la suprema crísis á que habia llegado el espíritu de Manuel Venegas.

Reinó desde entónces en la casa un profundo silencio, interrumpido únicamente por los cautelosos pasos del vigilante Cura, que se acercaba de vez en cuando á la rendija de la puerta á observar á Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa.—Dormia el hijo de Soledad en brazos de su abuela, despues que Basilia lo hubo amansado con algunos bizcochos.—La Volanta, á fuerza de llorar hipócritamente, habia conseguido que D. Trinidad dejase de mirarla con prevencion, y formaba tambien parte de aquella especie de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarian diciendo.—Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio, incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigia la gravedad de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo, fué apagar todas las velas que alumbraban al Niño Jesus, con lo que el salon quedó enteramente á oscuras...

Esto afligió mucho á D. Trinidad, que todavía cifraba algunas esperanzas en la antigua devocion de su pupilo á la preciosa Efigie en cuya compañía lo habia dejado...—Pero luégo recapacitó que el mismo hecho de apagar las luces podia significar, de parte del jóven, una especie de miedo á aquel fantasma de su extinguida fe, y tan juiciosa reflexion no pudo ménos de consolarle algo.

Manuel comenzó á pasearse en las tinieblas...

De vez en cuando se paraba, é ininteligibles monosílabos, rugidos sordos ó sofocados lamentos salian de sus labios, como si dentro de él mantuviesen empeñada controversia dos séres distintos, el uno más feroz que el otro...

Indudablemente, el jóven repasaba todas sus emociones de aquel dia: indudablemente le representaba su cerebro las provocativas alarmas del público; la calle de Santa María de la Cabeza; la inesperada aparicion de Soledad, su impavidez, su hermosura, su mirada de amor, sus copiosas y amarguísimas lágrimas; el encuentro con D. Trinidad Muley; las cristianas aclamaciones en que prorumpió la muchedumbre; los santos discursos del bondadoso sacerdote, su lloro, sus caricias; la visita del Niño Jesus; el alarde de impiedad con que él la habia recibido; el dolor que esto habia causado al buen Padre de almas; la aparicion de la madre y del hijo de Soledad; el digno lenguaje de la anciana; el llanto y la sonrisa del aquel inocente niño, y los insultos y amenazas del ofendido Cura, de su generoso protector, del sér que más le amaba en el mundo...

Ahora bien: todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos aquellos paternales enojos no podian ménos de haber ablandado el corazon de la fiera...—Por eso, sin duda, gemia, en medio de su rabia, como el leon herido: por eso batallaba tanto consigo propio: y por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo D. Trinidad Muley, viendo clarísimamente que ninguno de sus esfuerzos por vencerlo habia sido inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espíritu del jóven, y que este espíritu vacilaba, temia, emprendia la fuga, tornaba á la pelea, retrocedia de nuevo, y podia acabar por rendirse de un momento á otro...—Pero ¡ay del bien! ¡ay de la paz! ¡ay de la caritativa empresa del digno Párroco, si el jóven no se rendia en tan extrema lucha!—¡Entónces no habria ya esperanza de salvacion!

Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonía!) duró este combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia, entre la pasion y la virtud, entre el amor propio y la abnegacion, entre el egoismo y la caridad, entre la bestia y el hombre.