Á eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugia, ni se quejaba...—Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que tambien cesaron al poco tiempo...

D. Trinidad no podia ya distinguir en qué parte de la habitacion estaba el jóven, ni si se habia sentado, ni si por acaso se habia dormido...—El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso.—Parecia como que el enfermo se habia muerto...

Pero ¿no podia ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podia ser que Manuel Venegas acabase de revivir á la razon, á la justicia, á la dignidad humana, á la vida de la conciencia?

En esta duda, el Sacerdote desistió de la idea (que tuvo un momento) de coger una luz y entrar en la sala.

Pronto se alegró de haber sabido esperar; pues no tardó en advertir una cosa que le pareció fausta, simbólica y de mucho alcance, en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le trajo á la imaginacion la humilde ceremonia con que se enciende fuego nuevo en la Iglesia la mañana del Sábado de Gloria...

Fué el caso que Manuel dió repentinamente señales de estar vivo y despierto, poniéndose á encender luz por medio de eslabon, pedernal, yesca y alcrebite, al uso de aquella época.

Lumen Christi...—murmuró D. Trinidad, santiguándose.

Obtenido que hubo nueva luz, el jóven la aplicó á las velas que apagara ántes, con lo que el Niño de la Bola tornó á verse profusamente alumbrado y tan clara como de dia toda la espaciosa habitacion.

Sentóse entónces nuestro héroe enfrente de la Imágen, y púsose á contemplarla con honda y pacífica tristeza.—La tempestad habia pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre de hierro profundas é indelebles señales.—Dijérase que habia vivido diez años en dos horas. Sin ser viejo, ya no era jóven. Sus facciones habian tomado aquella expresion permanente de ascética melancolía que marca la faz de los desengañados.

En cuanto á la triste mirada con que parecia acariciar la Efigie del Niño Jesus, no tenía tampoco la dulzura del consuelo. Era una mirada de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad ó de un antiguo amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma...