—¡No reza! ¡no llora!—pensó amargamente don Trinidad, formulando á su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.

Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le causara al principio el ver que el jóven contemplaba á su antiguo Patrono.

—¡No hacen las paces! (añadió luégo, expresando en otra forma su disgusto.)—¡Y la verdad es que el pobre Manuel está dando muestras clarísimas de querer hacerlas!—¡Misterios de Dios! ¿Qué trabajo le costaba ahora á ese Chiquito tender los brazos á mi ahijado, como se los tendió antiguamente á San Antonio de Padua?—¡Nada más que con esto saldríamos todos de apuros!

Y tornó á acercarse á la rendija de la puerta, y comenzó á rezar fervorosamente á la primorosa Efigie, como arengándola á realizar un milagro indudable.

—¡Nada! ¡No me hace caso! (se dijo, por último, viendo que el Niño Jesus no pestañeaba.)—¡Sin duda no conviene! ¡Respetemos la voluntad de Dios!—Ni ¿quién soy yo, pecador miserable, para meterme á dar consejos á las Imágenes de mi Parroquia? ¡Si los siguiesen, yo sería el Santo, que no ellas!—¡Haces bien, Niño mio! ¡Haces muy bien en desobedecerme!

Manuel se habia puesto de pié entretanto.

La tristeza de su semblante era mayor que nunca. Un profundo suspiro salió de su pecho, y pasóse ambas manos por la frente, como para echar de su imaginacion renovadas angustias...

Parecia un reo en capilla, la noche que precede al suplicio.—La conformidad de la desesperacion iba envolviéndole en su fúnebre velo...

En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que habia traido de América... Manuel abrió el mayor de ellos, y sacó una preciosa caja de madera, que puso sobre el velador...

D. Trinidad temió que el jóven fuese á suicidarse, y se apercibió á entrar en el aposento...