—Pues si mató al oso, dió muestras de ser un hombre de bien... (repuso el catalan.) ¿Por qué compararlo entónces con el diablo?
—No niego yo que sea hombre de bien...—¡Lo que yo niego es que sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?—¡Y cuenta que yo lo conozco como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...—Pero conozco que es un leon, un tigre... una bestia feroz...—Y, si no, que se lo pregunten á la Dolorosa, ó, mejor dicho, á la familia de ésta!—¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más bonita del mundo!...
—D. Bernardino, ¡cállese usted por los clavos de Cristo! (interrumpió de nuevo la viuda:) ¡Doña Antonia es tia de Soledad, y nos está oyendo, más muerta que viva!...—Venga usted á ayudarme á distraerla y consolarla, y despues, cuando pasemos del Ventorrillo, donde ya se acaba todo miedo de ladrones, nos adelantaremos un poco y charlaremos cuanto ustedes gusten.—¡Oh, ya verá usted, señor teniente!... ¡D. Bernardino tiene razon! ¡En la Ciudad van á suceder cosas tremendas con motivo de la vuelta de este monstruo!...—¡Siento no estar allí para presenciarlas!—Porque figúrese usted que el Niño de la Bola..., ó sea Manuel Venegas, que tal es su verdadero nombre (pues su padre fué un caballero muy principal, aunque muy raro, descendiente, segun dicen, de príncipes moros, cuya pícara sangre se le conoce bien á este chico en medio de sus buenos sentimientos), se empeñó en casarse..., quiero decir, se enamoró perdidamente...
—Señora, ¡cállese usted por María Santísima! (interrumpió á su vez D. Bernardino:) Doña Antonia no hace más que mirarnos, y la pobre está que da lástima verla...
—Dice usted bien...—Voy á acompañarla... ¡Luégo se lo contaré yo á usted todo, mi subteniente!...—Entretanto, Sr. D. Bernardino, véngase á mi lado, no sea que vaya usted á aprovechar la ocasion para destriparme el cuento...—¡Espérese usted, Antoñita!—¡Arre, Piñon!
No creemos que el lector tenga empeño alguno en oir de labios de doña Paz la historia de los primeros veinte años del Niño de la Bola, relatada en el embrollado estilo de que la impetuosa viuda acaba de darnos elocuente muestra... Preferimos, pues, narrarla por nosotros mismos, con referencia á todos los datos que poseia el público, despues de lo cual correremos en seguimiento de nuestro héroe, á fin de acompañarlo en el remate de su jornada y llegar con él á la famosa ciudad que fué su cuna, donde iba á desenlazarse el perpétuo drama de su vida...
Conque digamos adios al subteniente, al sacristan, á las viudas, á los estudiantes y á los aceiteros, de ninguno de los cuales hemos de volver á tener noticias... hasta que nos los encontremos el Dia del Juicio en el famoso Valle de Josaphat.
LIBRO II.
ANTECEDENTES.