—Sí... sí... tiene usted razon...—Pero ¡qué cambiado está!

—Y ¿quién es el Niño de la Bola? (preguntó el subteniente:) ¿Algun bandido?

—No, señor... Es algo peor que eso... ¡Es el demonio en persona, aunque se haya criado en la Iglesia!...

—Explíquese, buen amigo...

—Midan ustedes sus palabras... (interrumpió doña Paz:) Doña Antonia nos está oyendo, y don Bernardino sabe que es tia segunda de la que...—En fin ¡el señor me entiende!...—Á mí no me gusta meterme en asuntos ajenos...

El Niño de la Bola (prosiguió diciendo el sacristan) es el hombre más valiente y más atroz que Dios ha criado...—¡Una fiera, señor! ¡Una fiera, en toda la extension de la palabra!

—Pero ¡voto va deu! (insistió el militar:) ¿Qué ferocidades ha hecho ese hombre? Y, sobre todo, ¿cómo se le permite que ande suelto por el mundo?

—Le diré á usted...—Todos creíamos que habia muerto...—Hace ocho años que se marchó á las Indias, y yo no sé de dónde sale ahora...—¡Buen jaleo se va á mover en la Ciudad en cuanto llegue!...—¡Muchísimo me alegro de no encontrarme allí estos dias!

—Pero ¡señor Cura! ó ¡señor... vamos... lo que usted se denomine!... (replicó el subteniente:) ¡acabe de reventar! ¿En qué se le ha conocido hasta ahora á ese hombre que sea una fiera? ¿Ha matado? ¿Ha robado? ¿Ha pegado fuego á alguna ciudad?

—No, señor... No ha hecho nada de eso; pero es porque no ha querido...—¡Tiene las fuerzas de un Samson! ¡Bástele á usted saber que él fué quien mató al oso que tantos estragos hacía en toda esta Sierra en tiempos del Rey Absoluto!...