En efecto: el gallardo jóven pasaba ya por en medio de la comitiva, á la cual saludó gravemente, llevándose la mano al sombrero y sin articular palabra.

—¡Buenas tardes!...—¡Á la paz de Dios!...—¡Vayan ustedes con Dios!...—contestaron expresivamente los de la Ciudad, como muy agradecidos á que aquel encuentro no les hubiese costado caro.

—¡Salud, Caballeros! ¡Vayan ustedes con la Vírgen!—respondió el arriero de Málaga, quien, por lo visto, habia pasado tambien algun miedo.

Entretanto, nuestro buen sacristan habia parado su burro, y estaba con la boca abierta viendo alejarse al hombre misterioso...

Por último, se santiguó, metió los talones á su cabalgadura y se incorporó á la caravana, lleno de espanto.

—Doña Paz... doña Paz... (dijo entónces;) ¿No ha conocido usted á ese?

—Yo no... Pero doña Antonia debe de haberlo conocido, y de resultas se ha puesto medio mala...—¿Quién es?

—¡Es el Niño de la Bola!

—¡Jesus! (exclamó doña Paz:) ¿Qué está usted diciendo?

—Lo que usted oye...