—¡Oiga usted, jóven! (respondió el subteniente, que era catalan.) Si yo no vengo solo, no es porque necesite el auxilio de botarates como usted...

—¡Jesus, qué hombres! (clamó doña Paz, atravesando su burro entre ambos contendientes.) ¡Siempre va una con ellos con el alma en un hilo!

—¡No tiemble usted, doña Pacecita! (dijo el estudiante insultado, abrazándose á las robustas piernas de la jamona.) Que yo, por evitar á usted un disgusto, soy capaz de los mayores sacrificios de amor propio...—Y ¡qué gorda está usted, y qué rica!...

—¡Insolente! (gritó la viuda, arreando su bestia, para librarse del escolar.) ¡Si viviera mi Luis, no me veria en estos lances!...—Espérese usted, doña Antonia...—¡Ay qué niños! ¡qué niños!...

Á todo esto, el hombre á caballo se venía encima, y pronto se halló á distancia de ser examinado minuciosamente por la gente de la recua; con lo cual dió punto la centésima cuestion que llevaban armada aquel dia los imberbes, empecatados estudiantes.

—¡Buen mozo es el viajero!—dijo doña Paz á doña Antonia.

—¡Demasiado!—murmuró ésta, que se habia puesto muy amarilla, y se restregaba los ojos como no dando crédito á lo que veia...

—¡Hermoso caballo!—exclamaba por su parte el militar.

—Lo que trae ese hombre (observó un estudiante) es una vestimenta y un sombrero de todos los demonios. ¡Parece un húngaro de los que van á la Ciudad á remendar calderas!

—¡Silencio, imprudente! (repuso el militar:) ¿No ve usted que lo va á oir?