—¡Ladrones, doña Paz! ¡Oh ventura!... ¿No se lo dije á usted?—gritó alegremente uno de los estudiantes, acercándose á la ménos fea de las dos mujeres y poniéndose á bailar delante de su burro.

—¡Ladrones!—¡Jesus me valga!—¡Ave María Purísima!—¡San Antonio bendito!—¡Qué va á ser de mí!—Pues, y ¿de mí?—Capitan... ¡no nos abandone usted!...—chillaron alternativamente las dos hembras.

—¡No lloreis, oh viudas! ¡oh divinidades de barbecho! ¡oh Didos abandonadas por dos crueles difuntos en lo más florido y hasta granado de vuestra mayor edad! (añadió otro estudiante.)—¡Vosotras, que tanto jugais en esta batalla, pedid á Dios lo que mejor os convenga!—¡En cuanto á mí, soy tan desdichado, que ningun bien ni mal pueden hacerme los ladrones!

—¡Mano á las escopetas!—decia entretanto el subteniente con voz de mando, dirigiéndose á los aceiteros, que eran los únicos que llevaban tales armas.

—¡Oh... no! ¡Más vale rendirse!... (gimió el sacristan.) La resistencia equivale á una muerte segura...—¿No es verdad, señoras?

—Deténgase usted, comandante... (gritaron las dos viudas:) ¡Deténgase usted, y sea lo que Dios quiera!

—Señoras... ¡No hay cuidado!... (pronunció uno de los aceiteros con cierta sorna.) Cuando salgan los ladrones, yo daré la voz de rompan-filas.

—Pues ¿qué gente es aquella?—preguntó el ascendido subteniente.

—Allí no viene más... (replicó el trajinante) que un caballero, mejor montado que nosotros, en compañía de un mozo á pié...—¡Me parece que la partida no es para asustarse tanto!

—Pues ¿saben ustedes lo que digo? (exclamó otro escolar, mirando de soslayo al guerrero de profesion.) ¡Que aquel caballero andante es más valiente que todos nosotros juntos, supuesto que viaja ménos acompañado!