Ya era enteramente de dia... Ya habian dado las cinco, y las cinco y media...—Ya estaban listas las cargas y ensillado el caballo...—¡Y nadie se atrevia á decírselo: nadie se atrevia á interrumpir aquel inefable arrobamiento en que el jóven parecia gozar anticipadamente la recompensa de su abnegacion, el premio de su sacrificio!

Salió, al fin, el sol, y su primer rayo penetró en la sala, bañando de fúlgida luz la plácida figura de Manuel Venegas...

—«Soledad»...—gritó entónces el loro en el balcon, donde lo habian dejado olvidado...

Manuel se estremeció convulsivamente al oir aquel nombre con que el pájaro americano saludaba todos los dias, hacía muchos años, la salida del sol, y un mundo de recuerdos y de fallidas esperanzas reapareció ante sus ojos, haciéndole volver del cielo á la tierra, de la eternidad al tiempo, del olvido á la realidad...—Pero, falto ya de soberbia para luchar con su enemiga suerte, una mortal congoja oprimió su corazon; un desfallecimiento nunca sentido aniquiló todo su sér; extendió los brazos como quien se ahoga (y áun pareció que efectivamente pedia auxilio), hasta que, por último, estalló en amargos sollozos, seguidos de copiosísimo llanto...

Y, roto por primera vez en toda su vida el dique de las lágrimas, desbordáronse éstas con tal ímpetu que pronto bañaban su faz, sus manos y su agitado pecho...—Al principio, fueron ardiente lava...; luégo, benéfica sangría y salvador desahogo de su corazon..., y, al fin, blando rocío que bajaba del cielo á templar la sed de su alma sin ventura...

D. Trinidad corrió á él y lo envolvió piadosamente en su manteo, diciéndole:

—¡Llora, llora, hijo mio! ¡llora cuanto quieras! ¡Llora en los brazos de tu padre!

Manuel se colgó del cuello del Sacerdote y le llenó la cara de besos, diciéndole entre dulces gemidos:

—¡Perdon! ¡Perdon!...

—¡Perdóname tú á mí!—sollozaba D. Trinidad.