Y las mujeres lloraban tambien desatadamente, comenzando á invadir la sala, y el mismo arriero (que habia entrado por el loro) se daba puñetazos en la cabeza, diciendo con profunda emocion:
—¡Qué lástima de hombre! ¡Maldita sea la primera mujer!
—¡Padre mio! ¡la adoro!—exclamaba entretanto Manuel, incomunicado con los espectadores por el manteo de D. Trinidad.
—¡Y yo á tí!—le respondió el Párroco, besándolo reiteradas veces.—¿Quieres que me vaya contigo?
—No... no...—Me iré yo solo...
—Pues bien: sé muy bueno: haz muchas limosnas, y verás qué feliz eres...—Toma... (añadió luégo en voz más baja.) Aquí tienes esto... Llévate tu caudal... En todas partes hay pobres...
—No... no... (le respondió Manuel al oido.) Guarde usted eso... Y haga lo que ya tenemos hablado... En esos papeles lo encontrará explicado todo...
—Está confesando...—dijeron las mujeres, retirándose al corredor.
—Pero tú vivirás... Tú me escribirás esta vez... (murmuró D. Trinidad.) ¿No es cierto?
—Sí, señor... ¡Yo viviré cuanto me sea posible!—contestó el jóven, enjugándose las lágrimas.