Y, abrazando por última vez al Cura, se levantó y dijo:

—¡Vamos!

Entónces se le acercó Polonia, con las puntas del delantal sobre los ojos.

—¡Perdon, Polonia!—exclamó el jóven, abrazándola.

—Anda con Dios, hijo mio... (respondió la anciana:) ¡Ya estás curado, y puedes ser dichoso!—¡Tu enfermedad consistia en no haber llorado nunca!

—Señor... ¡Buen viaje!—le dijo Basilia, besándole la mano...

—¡Venga usted tambien, señá María Josefa! (gritó al mismo tiempo D. Trinidad.)—Pero no suelte usted el niño...—¡Hoy hay perdon para todos!

—¡Oh!... ¡no!—pronunció Manuel, retrocediendo.

—¡Manuel, castígate! (exclamó el Sacerdote.) ¡Cuanto más te humilles hoy, más dichoso serás mañana con el recuerdo de este dia!—¡Arranca de tu corazon, ahora que están blandas, las raíces de tu soberbia, á fin de que nunca retoñen!—¡No te lleves en la conciencia ningun veneno, hoy que la has lavado con tus lágrimas!

—¡Manuel! (dijo la señá María:) ¡Yo hubiera sido muy dichosa en llamarme tu madre!—¡Harto lo sabe el señor Cura!