Manuel se quitó el reloj, y se lo entregó al niño, colgando de su cuello la larga cadena de oro de que pendia, y pronunció estas palabras:

—¡Perdono á tu madre!...—¡Dios te haga más feliz que á Manuel Venegas!

Y volvió la espalda, y se apartó algunos pasos, como despidiendo á la madre y al hijo de Soledad.

La pobre abuela se alejó hecha un mar de lágrimas, miéntras que el niño iba dando besos al reloj y sonriendo como un ángel.

D. Trinidad siguió á Manuel al promedio de la sala, y, señalándole al Niño Jesus, que refulgia á la luz del sol como un ascua de oro, con tanta rica presea como adornaba su graciosa figura, preguntóle en són de dulce ruego:

—¿Y á Éste? ¿qué le dices por despedida?

—¡Á Éste le pediria que resucitase dentro de mi corazon, si tal milagro fuese posible!—contestó Manuel melancólicamente.

—¡Dios querrá! (dijo el Sacerdote, levantando los ojos al cielo.)—Las raíces de tu antigua Fe están vivas, y ya ha comenzado á correr por ellas la savia de la regeneracion.—Las máximas que tu padre y yo sembramos en tu corazon de niño han vuelto á germinar esta noche bajo los auspicios de esta Efigie del Redentor del mundo...—Debes, pues, agradecimiento al Amigo de tu niñez, y, aunque hoy no veas en su dulce Imágen más que una sombra, un retrato, un recuerdo del cariño que le tuviste (y que Él no ha dejado de tenerte); aunque todavía no haya penetrado en tu nublada razon la nueva luz que ya ilumina las más altas cumbres de tu espíritu..., ¡bésalo, Manuel!... (¡Nada pierdes con besarlo!) ¡Bésalo, y verás cómo toda la soberbia que te queda en el cerebro se desbarata en lágrimas, del propio modo que se ha desbaratado la que tenías en el corazon! ¡Verás cómo, al poner tus labios en los descalzos piés del Niño en cuya divinidad creian tu padre y tu madre, conoces que estás haciendo una cosa muy santa, y vuelves á llorar de dicha!—¿Qué te cuesta probar? ¿Por qué no te atreves á ello?—¿No te dicen ese miedo y ese respeto, que el acto de sumision que te propongo es de maravillosas consecuencias?—Ven... mira... ¡Yo te daré el ejemplo, como cuando eras chico!...—Yo lo besaré ántes que tú...—¡Así se hace!... ¡así!—Y luégo se dice (llorando, como lloro yo): «¡Bendito seas, Jesus crucificado! ¡Bendita sea tu Santísima Madre! ¡Bendito sea tu Padre Celestial, que te envió á la tierra á redimirnos!»

Manuel cerró los ojos y cayó de rodillas, como una torre que se desploma...

De rodillas estaban tambien las dos ancianas y el malagueño, y con fervientes oraciones daban gracias á Dios, al ver que el jóven se abrazaba á los piés del Niño de la Bola y los cubria de besos y de lágrimas...