De rodillas, en fin, estaba D. Trinidad Muley, á quien de seguro hubieran abrazado gustosos en aquel momento hasta los incrédulos más empedernidos...; ¡porque la verdad es que en todo aquello no habia nada malo para nadie ni para nada, y sí mucho bueno para todos y para todo, ó nosotros no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo en esta miserable vida!

* * * * *

No intentaremos describir los últimos minutos que Manuel Venegas permaneció todavía en su casa, ni los renovados, tristísimos adioses que allí se dieron aquellos séres de tan sencillo y tierno corazon...—Temeríamos afligir demasiado á nuestros lectores, que, pues todavía no han soltado esta obra en que se rinde culto á la pobreza de espíritu, seguramente tienen la dicha de pensar y sentir como ellos.—Preferimos, pues, salir á la Plaza, y confundirnos con la generalidad del público, en cuya compañía podremos ver con más frescura la solemne marcha de Manuel Venegas y los dramáticos lances que acontecieron con este motivo.


VI.

MARCHA TRIUNFAL.

Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para aquellos felices mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura del revuelto mar de las pasiones, sino que hubiesen preferido salir al campo á espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza, por la pintada Tierra, llena de prodigios, por la rutilante bóveda del Cielo, y por el propio cielo de una conciencia suficientemente limpia para poder reflejar las misteriosas visiones de lo Infinito...

No estaban de este humor aquel funesto lúnes, 6 de Abril de 1840, las muchas personas que acudian á la Plaza Mayor de la Ciudad á enterarse de los adelantos que el dolor y la ira habian hecho durante la noche en el corazon de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni hay que decir que el grupo en que más excitados estaban los ánimos, por cuenta ajena, era el formado, como de costumbre, á la puerta de la Botica, ¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el infortunado Niño de la Bola al marcharse del pueblo!

Vitriolo estaba más acerbo y feroz que nunca, sin poder callarse (aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos), y, si por acaso interrumpia sus discursos, era para decir á los que iban á comprar medicinas:

—«¡No hay de eso!»...—ó—«¡Vuelva usted más tarde!»—ó—«¡Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han mandado no sirve para nada!»