Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habia tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel,—«cuya casa, dijo, habia llenado de Santos y de viejas el Cura de Santa María, á fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle faltar á sus famosos juramentos.»
Luégo añadió:
—Segun mis informes, á las tres de la madrugada lo llevaban ya de vencida, y el cuitado estaba rezando el confiteor á los piés del Niño Jesus, despues de haberle regalado una porcion de joyas, á ruegos de D. Trinidad, que es una hormiguita para su Iglesia...—¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!
El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella invocacion, y Vitriolo, que lo advirtiese, dobló la hoja y pasó á otro asunto.
—En cuanto al marido de Soledad (exclamó con enfático tono), ¡hay que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, á la Ermita de Santa Luparia, en busca del célebre maton, á quien D. Trinidad Muley habia escondido en una especie de escaparate!—¡Yo no dudo de que cuando sepa (como ya lo sabrá á estas horas) que su madre política y su hijo han pasado la noche en casa del amante de su mujer, vendrá á pedir satisfaccion á éste y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la cobardía!
Muchas personas se apartaron muy disgustadas de aquel energúmeno, y fuéronse en busca de otros corrillos donde se comentasen más piadosamente las maravillosas y ya públicas escenas ocurridas aquella noche en la antigua Casa del Chantre... Pero Vitriolo no se desconcertó por ello, sino que se rió de los que le dejaban, y continuó hablando de esta manera:
—¡Por supuesto, que Antonio Arregui irá de todos modos esta tarde á la Rifa, á recoger el guante de su rival!—Así lo juró ayer, cuando se enteró de que el hijo de D. Rodrigo tuvo anteanoche el atrevimiento de ir á llamar á la puerta de su casa, estando él en la Sierra...—¡Lo sé de muy buena tinta!—¡Por consiguiente, si el Niño de la Bola, el de las amenazas de hace ocho años, se marcha del pueblo, sin acudir á la palestra, tanto peor para su honra y fama!—¡Verdad es que puede que todavía ignore nuestro pobre paisano (y se le haria un gran favor en contárselo) que Antonio Arregui fué ayer tarde á buscarle en són de desafío á la Capilla de Santa Luparia!...—¡Honor es de este pueblo que el asunto no se haga tablas de la manera indecorosa que se propone D. Trinidad Muley! ¿Qué dirian los riojanos, si el héroe de la Ciudad huyese de uno de ellos? ¡Dirian que los andaluces no tenemos sangre en las venas!—Y todo ¿por qué? ¡Porque los curas han sorbido los sesos á una especie de salvaje cargado de millones, á fin de sacarle el dinero!—¡Digo á ustedes que me abochorno de tan groseras supercherías!
—¡Y yo me abochorno de que usted vista el uniforme de persona humana! (exclamó el Capitan, que habia llegado momentos ántes.) ¡Usted es un bicho!
Vitriolo se echó á reir.
—¡No se ria usted! (añadió el veterano, temblando de cólera) ¡Mire que hoy vengo resuelto á aplastarlo, si no deja de corromper el aire con sus viles calumnias!