—¡Amenazas y todo! (replicó el boticario despreciativamente.)—¿Lo han comprado tambien á usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las regaladas al Niño de madera?—¡Pues me alegraré de que la disfrute!
Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.
—¡Lo que me ha tocado va usted á verlo ahora mismo! (rugió el Capitan.) ¡Tome usted! ¡en nombre del Ejército!
Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte más vil de su materia propia.
El pobre ateo se llevó las manos á la parte contusa, y huyó diciendo:
—¡Ah! ¡lo de siempre! ¡el militarismo! ¡el cesarismo! ¡la fuerza bruta! ¡el brazo secular de la tiranía!
—No ha habido tal brazo, mi buen Papaveris... (díjole Paco Antúnez, negándole el auxilio que fué á pedirle.) ¡La caricia ha sido con el pié, y de las buenas!
Y se alejó de él desdeñosamente.
Este lance, que hizo reir mucho á cuantos lo presenciaron, fué como la señal y comienzo de la gran derrota que habia de sufrir Vitriolo aquella mañana á la vista de todos sus discípulos.
Decímoslo, porque en tal momento comenzaron á salir de casa de Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de Málaga,—que estaba contentísimo, creyéndose ya, sin duda, camino de las Indias.