La emocion del público, al ver aquella prueba material de que Manuel se iba, de que D. Trinidad habia triunfado, de que la fiera perdonaba..., fué grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy escasas excepciones.
—¡Manuel se va! (decian unos.) ¡D. Trinidad no tiene precio! ¡Eso es lo que se llama un buen cristiano!
—¡Manuel se va! (exclamaban otros.) ¡La verdad es que este desenlace tiene algo de prodigio!
—¡Los Venegas fueron siempre así! (expuso el viejo buñolero de la Plaza.) ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar al pueblo!—La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don Rodrigo salvó los papeles de D. Elías del incendio que nadie queria apagar...—¡Todos aplaudimos entónces sin saber por qué..., y ya está pasando ahora lo mismo!...—¡Miren ustedes!—La gente llora...; los chicos bailan de contento...; las mujeres se asoman á los balcones...—Voy á avisar á la mia...
—¡Lástima de dinero, que sale de la Ciudad! (decian al mismo tiempo los de otro corrillo, aludiendo á las tres voluminosas cargas.) ¡Cuidado que ahí caben onzas!
En el ínterin, Vitriolo, olvidado de su percance, como se olvida el General de sus heridas hasta que concluye la batalla, acercábase desesperado y medio convulso al triunfante arriero, y le preguntaba con indecible angustia:
—¿Á qué hora se marcha su amo de usted? ¿Tardará todavía algo? ¿Habrá tiempo de hablarle?
—¡Qué ha de haber, hombre! (respondió el malagueño, con voz descompasada.) ¡Lo que hay en este pueblo es un Cura que vale más que Dios!
Y, quitándose el calañés, y tremolándolo por alto, exclamó en medio de la Plaza, con un fervor y un gracejo indescriptibles:
—¡Caballeros! ¡Viva D. Trinidad Muley!