—¡Viva!—respondieron más de mil voces.
Y tampoco faltó quien convidara, en el acto, á aguardiente y buñuelos al señor Frasquito Cataduras, en pago de «la justicia que acababa de hacer á un hijo de tan calumniada ciudad.»
Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida para Vitriolo.—Todo el público era del Cura, aplaudia su obra, respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sancion á la pacífica retirada de Manuel Venegas.
Y tal fué el momento en que nuestro héroe apareció á caballo en la puerta de la que tan pocas horas habia sido su casa.
Un murmullo de honda conmiseracion lanzó la apiñada muchedumbre.
Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso, mirando al cielo, por no mirar al mundo, y acompañado de D. Trinidad Muley, que marchaba á pié, á su derecha, y le dirigia de vez en cuando alguna palabra consoladora.
Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al patíbulo.
El gentío empezó por saludarlo grupo á grupo, segun que iba pasando por delante de cada uno de ellos; pero al fin acabaron descubriéndose todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.
Ocurrió entónces un incidente en que repararon muy pocos.—La célebre Volanta trató de acercarse á Manuel Venegas, por el lado opuesto al en que iba D. Trinidad, y áun se vió en sus manos un papel, que pudo suponerse una peticion de limosna.—Pero el Sacerdote, que lo observara, pasóse con rapidez á aquel lado; y miró y habló á la indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la muchedumbre.
Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo, inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma á que no asistia su espíritu.