En cuanto á Vitriolo, cualquiera habria dicho que una especie de vértigo le dominaba, pues no hacía más que dar vueltas y vueltas en la trasbotica, mirando al suelo, como si invocase al infierno, miéntras que sus labios proferian imprecaciones tan espantosas y repugnantes contra Soledad, contra Antonio, contra Manuel, contra el Capitan y contra el Cura, que, de todos sus discípulos, solamente uno le seguia fiel y le acompañaba.—Los demas se habian marchado en pos del ideólogo Paco Antúnez, proclamando que no querian servir de juguete á viles pasiones; que ellos eran incrédulos, pero no criminales, y que harto claro veian que el desalmado farmacéutico, más que adversario de la fe en Dios, era enemigo de la especie humana, y muy particularmente de aquellos individuos que se interponian entre él y la Dolorosa, por la cual continuaba sintiendo todos los furores del amor, de la desesperacion y de la impotencia.
Al único discípulo que permanecia fiel á Vitriolo lo conocemos ya moralmente, por un conato de fechoría que estorbó la tarde ántes el Capitan retirado, echándole mano al pescuezo en la calle de Santa Luparia.—«Filemon» se llamaba aquel celoso voluntario de la maldad, cuyo nombre ha conservado la Historia por el odioso papel que al cabo logró representar este otro dia, no habiendo conservado tambien su apellido, como el de Drouet, por la sencillísima razon de que era expósito.
—¡Cálmate, Vitriolo! (decia Filemon á su maestro.) ¡Yo no te abandonaré jamás, como esos traidores que se han ido con Paco Antúnez! ¡Yo tengo tambien en el alma mucha amargura que escupir al mundo, y te seré fiel hasta la muerte!
—¿Qué me importa? (chilló el miserable, llorando... no lágrimas, sino verdadero vitriolo.) ¿Crees que mi furor es porque esos necios me han abandonado? ¿De qué me estarian sirviendo ahora? ¿De qué puede servirme ya nadie? ¿De qué me sirve la vida?
En este momento llamaron al mostrador.
Filemon se asomó á ver quién era, y dijo á Vitriolo:
—Sal á despachar.
—¡No despacho!—respondió el farmacéutico.
—¡Mira que es la Volanta!...
—¡Ah! ¡la Volanta! ¡Que éntre! ¡Que éntre!—¡Es el último recurso que me queda!