La bruja entró jadeante, sin aliento, bañada en sudor, y se dejó caer en una silla. En sus verdes ojos relucia tanta perversidad en accion, que Vitriolo columbró un rayo de esperanza.—Dióle, pues, á falta de aguardiente, un poco de espíritu de vino con agua y jarabe, y le dijo, en són y estilo de cómitre:

—¡Vamos pronto! ¡Desembucha!—¡Tú tienes algo que contarme!

La Volanta miró á Filemon, como si le estorbase su presencia.

—¡Descuida! (añadió Vitriolo.) Este es de los buenos, y podrá ayudarnos, si hay algo que hacer.—Conque ¡habla!

—¡Deja que pueda respirar!... (resolló al fin la vieja.)—Vengo reventada de correr detras de ese demonio..., y es lo peor que no he conseguido que oiga mis gritos.

—¿De quién se trata?

—¿De quién se ha de tratar?—¡Del Niño de la Bola!

—¡Cómo! ¿Tú deseabas hablarle? ¿Tenías acaso algo que decirle? ¿De parte de quién?

—¡Conque no has observado nada! ¡Conque no me viste cuando me acerqué á él y se atravesó el Cura!...—¡Me alegro! ¡Así te cojo más de nuevas, y me pagarás mejor mi secreto!

—¿Qué secreto?—¡Dímelo pronto, ruin hechicera, ó te estrujo hasta sacártelo!