—¡Así me gusta á mí la gente! ¡Con entrañas!—Dáme otro poco de esa bebida, que está buena...—Pues, señor, recordarás que esta madrugada me fuí de acá cerca de las cuatro (despues de referirte lo que ocurria en casa de Manuel), á contárselo á Soledad, que me aguardaba para salir de dudas acerca de si se iba ó no se iba hoy del pueblo su antiguo amante, y á enterar de camino á Antonio Arregui (por consejo tuyo) de que su suegra y su hijo estaban pasando la noche en casa de Manuel Venegas...

—Bien ¿y qué?—¡No me desesperes!

—¡Vamos despacio; que no soy costal!—Llegué á casa de la Dolorosa, que lo tenía todo preparado para que me abrieran la puerta sin que lo notase su marido...—(¡Una vez dentro, no habia cuidado; pues, como duermo allí muchas noches, mi presencia en la casa no podia chocar á nadie!)—El bueno de Antonio no se habia desnudado, y estaba abajo, en su despacho, paseándose como un basilisco, á causa de haber recibido á prima noche contestaciones muy agrias de su mujer (que, como sabes, lo domina completamente) sobre si ésta habia llorado ó no habia llorado en la Procesion...—Es decir, que, por medio de aquella pelea, habia conseguido la muy pícara lo que deseaba, que era desterrar al pobre marido de la cama de matrimonio, á fin de esperarme sola...,—y, con este mismo objeto, habia hecho que la madre se llevase á su casa el niño, diciéndole que aquel era el mejor modo de destetarlo...

—¡Acaba, con cinco mil demonios!

—¡Allá voy, hombre! ¡allá voy!—Pues, señor: encontré á doña Dulcinea metida en la cama, con muchos encajes y moños, como de costumbre (pues es presumida y orgullosa hasta cuando duerme), y con dos ojos abiertos como los de una lechuza, aguardando las noticias que yo debia darle sobre su adorado tormento.—¡Siempre te dije que la Dolorosa no habia nacido para mujer de bien!—¡Es hija de Caifás, y basta!—¡La triste comida que me da, en cambio de las fincas que me robó su padre, tengo que tragármela revuelta con mil burlas é insultos por mi aficion á beber una gota de lo blanco, y, desde que no vive con su madre, la mayor parte de los domingos se queda sin misa!...

—¡Lo mismo haces tú, y las dos haceis bien! (exclamó Vitriolo.)—¡Vamos adelante; que estoy consumiéndome de impaciencia!

—Pues atiende, que ahora entra lo bueno.—«¡Ay, Lucía! ¡cuánto has tardado! (me dijo al verme.) ¿Se va el pobre Manuel? ¿Lo ha convencido el Cura?»—Ahora mismo acaba de convencerlo... (le respondí), y creo que se marchará hoy por la mañana.—«¡Hoy por la mañana! (gritó, hecha una loca.) ¡Eso no puede ser!... ¡Tú no sabes lo que te dices»!...—Contéle entónces todo lo que habia presenciado en casa del Chantre, y, segun yo le iba hablando, ella se ponia unas veces muy afligida y otras muy furiosa, hasta que al fin se tiró de la cama, hecha un sol... (¡porque lo que es á mujer y á bonita no le gana nadie!), y me dijo, dándome un abrazo tan apretado como si yo hubiera sido él:—«Lucía: ¿cuento contigo? ¿puedo fiarme de tí? ¿puedo poner en tus manos mi vida y mi honra?»—¡Figúrate lo que le contestaria! ¡Ya la tenía agarrada para siempre!...—Así es que no omití medio de tranquilizarla acerca de mi lealtad y de mi cariño.—Púsose entónces un vestido blanco; se calzó las chinelas, y comenzó á escribir como una desesperada.

—¡Dáme esa carta! (prorumpió Vitriolo.) ¡No tienes que decirme más! Adivino el resto...—La carta era para Manuel Venegas, y tú no has podido entregársela por más que has corrido...—¡Has hecho bien en traérmela! ¡Dámela ahora mismo!

—¿Qué significa eso de dámela? (replicó la bruja.) ¡Ántes tenemos que ajustar cuentas!

—¡Dáme la carta!—bramó Vitriolo, fuera de sí.