—¡Cá! ¡no te la doy!—Si no se la he entregado á Manuel, ha sido porque Soledad empezó y rompió tantos papelotes ántes de decidirse á entregarme éste, que, cuando salí á la calle, despues de hablar con Antonio, eran ya las cinco y media, y el Cura no me ha dejado despues acercarme á su protegido...—Pero ¡entregártela á tí!... ¡Qué disparate!—¡Yo he venido únicamente á que me la leas!—¿No ves que con esta carta tengo un capital? ¡Figúrate cuánto dinero me dará Soledad por recogerla!—Ahora: como no sé leer, necesito que tú me enteres de su contenido, para calcular hasta qué punto compromete á doña Zapaquilda.
—¿Quieres que se la arranquemos?—preguntó el expósito al boticario.
La vieja saltó como una víbora, y sacó una navajilla, diciendo:
—¡Al que se acerque á mí, lo abro en canal!—¡Vaya un amigo que te has echado, Vitriolo! ¿No sabes que es jugador con barajas compuestas? ¿No sabes que vive de robos como el que acaba de aconsejarte?
Vitriolo replicó secamente:
—¡Te compro la carta!—Tengo ahorrado algun dinero de mi sueldo... ¿Cuánto quieres por ella?
—Esa es otra conversacion.—¡No te la doy por ménos de tres duros...!
—¡Aquí los tienes! (repuso el boticario, sacando del cajon del mostrador aquella cantidad.)—Venga el papel.
—¡Toma y daca!—exclamó la vieja, riéndose y guardando la navajilla.
Vitriolo abrió el pliego (cuyo sobre no tenía nada escrito), y lo primero que hallaron sus ojos fué un retrato en miniatura, que representaba á un arrogante caballero de treinta ó treinta y cinco años.