—¿Quién es este hombre?—preguntó á la Volanta.—¡Se parece á Manuel Venegas!
—¡Toma! ¡Como que es su padre!
—Y ¿quién se lo ha entregado á Soledad?
—¡Mira tú! ¡la Justicia!—¿No sabes que todas las fincas, muebles y efectos de D. Rodrigo fueron á poder de D. Elías?
—Es verdad...—Leamos.
Vitriolo devoró con los ojos la carta de la Dolorosa, y una alegría satánica, mezclada á veces de un dolor infinito, fué pintándose en su lúgubre rostro, á medida que avanzaba en su lectura.—Acabóla, al fin; y, dando un alarido de feroz complacencia, exclamó, volviendo á sus vertiginosos paseos:
—¡Ni el demonio! ¡ni yo mismo! ¡nadie hubiera inventado arma tan espantosa ni tan eficaz!—Lo que ni el público, ni los celos, ni la llamada honra, ni la ira, ni las palabras empeñadas lograron de Manuel Venegas, lo conseguirá este papel, lo conseguirá el amor.—¡Oh, cómo le quiere la malvada! ¡Y cómo lo precipita en el abismo!—¡Yo completaré la obra de esa imbécil, que toma al hijo de D. Rodrigo por un adúltero vulgar!...—¡Ahora mismo... Lucía... ahora mismo!...—¡No hay tiempo que perder!...—Ve á casa del alquilador de caballos, y dile que ensille uno para Filemon, quien irá á montar en seguida...
—Todo eso está muy bien... (observó la bruja). Pero ¿qué le digo á Soledad que he hecho con su carta?
—Tienes razon..., ¡hay que sostener su esperanza, para que no deje de ir á la Rifa!—Pues bien, dile que, no habiéndote sido posible acercarte á Manuel, se la has remitido (por ocurrencia tuya) con un posta, el cual te ha jurado darle alcance y entregársela en el camino...—Corre, pues, corre... ¡No tardes!—Dile al alquilador que el caballo sea fuerte y bueno...—Filemon va detras de tí...
La Volanta salió corriendo.