—Oye, amigo mio... (prosiguió Vitriolo, adoptando un tono muy solemne.) Oye esta carta, y verás cuán importante es el papel que te toca representar hoy... ¡Hoy vas á eclipsar la gloria de aquel célebre Drouet, á quien siempre he envidiado, que llevó espontáneamente á Varennes la noticia de la fuga de Luis XVI!—¡Oye, y verás cómo podemos ganar esta tarde la batalla que perdimos esta mañana!—Yo estaba hace poco como Napoleon á las tres de la tarde en Marengo; perdido, derrotado, retirándome...; cuando hé aquí que acaba de llegar en mi auxilio el General Desaix con sus divisiones de refresco, diciéndome que áun es posible revocar el fallo de la fortuna; que áun tengo tiempo de ganar una nueva batalla...—¡Eso es para mí esta carta de la Dolorosa!—¡Tiemble, pues, la Ciudad! ¡tiemble el universo! ¡El triunfo va á ser de Vitriolo!

—Pero léeme la carta...—dijo Filemon, ganoso de graduar la importancia del daño que iba á hacer.

—¡Es verdad! Leamos otra vez su carta... (repuso ferozmente el maestro.) ¡Hay venenos que sirven de medicina, y eso me pasa á mí con éste!—¡Oye, y aprende á conocer los abismos que pueden ocultarse debajo de un rostro de Dolorosa!

La carta decia así:

«Manuel:

»No puedo ni debo callar más... No quiero que te vayas maldiciendo mi nombre, ni que me recuerdes con odio el resto de tu vida, cuando Dios sabe que no merezco tu maldicion ni tu aborrecimiento, sino que me tengas tanta lástima como yo á tí.

»Ayer tarde en la Ermita y esta noche en tu casa te habrá suplicado mucho mi madre que te alejes de mí para siempre y que me olvides, y áun puede ser que haya tomado mi nombre al rogártelo. Mi mayor gusto hubiera sido impedirle que te aconsejara semejante cosa... Pero ¿cómo decir á mi madre lo que te voy á decir á tí?

»Por eso me he resuelto á escribirte esta carta, que no debes dudar es de mi puño y letra, pues ya ves que te incluyo, como señal, un objeto para tí muy conocido y que sólo yo podia poseer, cual es un retrato de tu padre que encontramos en uno de los muebles de su pertenencia, y que de todos modos tenía pensado devolverte, con cuanto fué suyo, inclusas las fincas, por haberlo así resuelto mi conciencia y mi voluntad, desde que, en mis primeros años, me enteré de ciertas desventuras...

»Manuel: no extrañes nada de lo que te llevo dicho, ni de lo que me resta que decirte. No extrañes tampoco que te hable de tú. Lo mismo me hablaste tú á mí la única vez que me has dirigido la palabra... Y, además, ¿para qué seguir ocultándolo? ¿para qué mentir ó callar, cuando mis ojos me han vendido siempre, como mis lágrimas me vendieron esta tarde?—¡Mi corazon es tuyo, Manuel! Mi corazon es tuyo desde que, á la edad de ocho años, me acostaron en el lujoso catre en que tú habias dormido tanto tiempo y de que acababas de ser despojado... Yo pasé muchas noches en vela, pensando en que tú, huérfano y pobre, estarias maldicíendome y despreciándome á aquella misma hora, recogido por caridad en un lecho ajeno.—Sí, Manuel mio: desde entónces es tuyo mi corazon; es decir, desde ántes de conocerte, desde que supe que existias, desde que me contaron tus desgracias...—Despues te ví... ¡y nada tengo que decirte que no te revelaran primero los ojos de la niña y luégo los ojos de la mujer!...

»¿Es culpa mia que tu ausencia haya durado ocho años? ¿Sabes tú lo que yo he padecido durante ellos? ¿No conocias el alma de hierro de mi padre? ¿Ignoras que me ví encerrada en un convento y que ya vestía el hábito de novicia, cuando accedí á casarme, no sé con quién, con cualquiera, con el primero que me pretendió, á fin de evitar que cuando volvieses me encontraras separada de tí por los muros de un claustro, que ni tan siquiera nos habrian permitido vernos..., como nos veíamos ántes de tu malhadado viaje?