»Pero, aunque el infortunio me haya obligado á casarme con otro hombre, ¿no me conoces, Manuel? ¿Has dejado de leer en mi corazon con tanta claridad como cuando decias á todo el mundo: Yo sé que me quiere: yo sé que es mia?—Y, si me conoces, ¿por qué te marchas? ¿Por qué te marchas, desdeñándome, aborreciéndome, sin dignarte lidiar contra la nueva desdicha que nos separa en apariencia, y dejándome reducida á vivir y morir con este hombre que no conozco, que no me conoce, y que no quiero ni podré llegar á querer nunca? ¿Por qué me castigas tan duramente, entregándome al ludibrio de este pueblo, que siempre me habia coronado con la diadema de tu amor?
»¡Ingrato! ¡cruel! ¡Pagarme con tanto desvío y tanta injusticia, cuando llevo diez y siete años de aguardarte! ¡Irte, primero por ocho años, y despues para no volver jamás, sin comprender que, desde la primera hora de mi juventud, al verme tan separada de tí por el destino, te sacrifiqué mi recato, mi honra y mi vida!—¡Loco! ¡no buscarme nunca en secreto! ¡buscarme siempre en presencia del público! ¡Figurarte que era menester ir á América á conquistar un millon para llegar hasta mí, para enseñorearte de mi cariño! ¡Creer ahora que hay necesidad de matar á nadie, que hay que estremecer el mundo, que hay que vencer ningunos obstáculos, para triunfar, al cabo, de los rigores de nuestra suerte y convertir en dulce realidad todos los sueños de nuestra vida! ¡Obligarme á decirte, loca de amor, y llena la cara de sonrojo, lo que á tí te tocaba pensar, decir y hacer descuidadamente, sabiendo, como sabes desde la primera vez que me viste, que eres el rey de mi alma y el dueño de todo mi sér!... ¡el único hombre que he amado y que podré amar! ¡el único que puede darme la vida ó la muerte!
»¿Lo ves, Manuel mio? ¿lo ves? ¡Tu pobre Soledad ha perdido la razon! ¡Tu Soledad, desesperada al saber que la abandonas para siempre, te escribe delirando, muerta de amor, sin orgullo, sin reserva, como la esposa al esposo de su vida!...—¡Ah, no te vayas! ¡Ven! ¡perdóname! ¡compadéceme! ¡restitúyeme tu corazon, aunque despues termine nuestra existencia!
»Soledad.»
—¡Tremenda carta!—exclamó el expósito, lleno de espanto.
—¡Pavorosa! (respondió Vitriolo.) ¡Obra maestra de dos formidables pasiones, ó sea del orgullo y de la sensualidad!—¡La inicua se casó con Antonio Arregui para que no se dijese que yo era el único hombre que se habia atrevido á desafiar las iras del Niño de la Bola con tal de poseerla, y hoy entrega á su esposo al puñal de Manuel, para que no se diga que éste se marcha despreciándola y sin otorgarle los honores de una lucha á muerte!—Hasta aquí el orgullo.—En cuanto á la sensualidad, hay que leer la correspondencia de Mirabeau y Sofía para hallar tamaño desenfreno...—¡Y pensar que todavía la adoro!
Filemon repuso:
—Si enviaras este papel á Antonio Arregui, mataria á su mujer en el acto, y tú saldrias de penas...
—Ya he pensado en eso. ¡Pero no me acomoda! (respondió Vitriolo con horrible frialdad.) Lo que yo necesito es que Antonio muera asesinado por Manuel y que á Manuel le dé garrote el verdugo. De este modo, la execrable viuda, sola y deshonrada, será tan infeliz como yo.—Además: el triunfo de D. Trinidad Muley consiste en la pacífica marcha del hijo de D. Rodrigo...—Es, por lo tanto, de absoluta necesidad que el hijo de D. Rodrigo vuelva... ¡y mate!
—Tienes razon... ¡trae la carta!—El caballo debe estar dispuesto...