—¡Toma... toma, hijo mio! (exclamó Vitriolo con siniestro júbilo.) La gloria de la Filosofía y mi apetecida venganza están en tus manos...—Yo creo que lograrás dar alcance á nuestro héroe en alguna de las primeras ventas... El insensato lleva tres dias sin comer ni dormir, y sus fuerzas no pueden ménos de tener límite, como todas.—Además: el maletin de la montura (atestado de oro, segun me ha dicho la Volanta) impedirá á su caballo correr mucho.—Cuando lo encuentres, le dices que estás empleado en la fábrica de Antonio Arregui y que su señora te ha confiado esa carta con el mayor secreto.—En seguida le contarás, como de tu cosecha, que Arregui fué ayer á desafiarlo á Santa Luparia, y que por eso corria tanto la Procesion y lo encerraron á él en la Sacristía: le dirás asimismo que esta mañana venía tambien Antonio á provocarlo, y que, á ruegos de D. Trinidad, desistió de ello; le dirás, por último, que Soledad y su marido van esta tarde á la Rifa, y que el orgulloso fabricante se ha ufanado hoy en calles y plazas de haber hecho huir al temido Niño de la Bola...—¡Ah! se me olvidaba lo principal...—Procurarás hacerle creer que D. Trinidad Muley explicaba hoy á todo el mundo el viaje de su ahijado, contando que el Niño Jesus le dirigió anoche la palabra y le mandó que se marchase del pueblo, no sin dejarle todas sus joyas al Cura, para que dispusiese de ellas á su antojo...—En fin, inventa, discurre, miente... ¡Todo es lícito, cuando se trata de salvar la sociedad!...
—¡Descuida, maestro, descuida! ¡Sé lo que tengo que decir!... (interrumpió Filemon, dándole la mano).—¡Hasta la tarde, si es que alcanzo hoy á Manuel Venegas! Y, si no lo alcanzo, ¡iré en su busca al fin del mundo!
—¡Eres todo un hombre!—¡Cuando yo falte, tú heredarás mi magisterio!—contestó Vitriolo, acompañándole hasta la puerta de la botica y abrazándole paternalmente.
Y, luégo que lo vió desaparecer, añadió con acento lúgubre:
—¡Soledad! no dirás que te olvido...—Tú echaste mi carta á un perro para que se la comiera... ¡Yo he echado la tuya á un tigre furioso!...—¡Estamos en paz, alma de mi alma!
II.
LA RIFA.
Aquel mismo sol cuyos matutinos rayos habian alumbrado la solemne y conmovedora partida de Manuel Venegas, continuaba á las tres y media de la tarde su majestuosa marcha por el cielo, llevando en pos de sí las horas póstumas y sobrantes de un dia al parecer ya inútil, cuyo interes y juicio histórico dieron por concluidos tan de mañana todos los habitantes de la Ciudad.
Obedeciendo, empero, la mayoría de éstos á la ley de inmemoriales costumbres, habian acudido, despues de comer, á aquel anfiteatro de amarillos cerros, cuajados de habitadas cuevas, donde, como todos los años en tal fecha, debia celebrarse el Baile de Rifa del Niño de la Bola, y donde ocho años ántes tuvo lugar la fatal subasta en que el hijo de D. Rodrigo fué derrotado por D. Elías Perez.