No sólo este acaudalado sujeto, sino otros muchos ricos y pobres de los que allí vimos, habian muerto desde 1832 á 1840. En cambio, innumerables niñas y niños de entónces eran ya mujeres y hombres hechos y derechos; muchos solteros y solteras se habian casado y tenian hijos, y no pocos padres y madres á quienes conocimos frescos y buenos mozos figuraban ya entre los viejos y los abuelos...—Por consiguiente, el cuadro, aunque hubiese variado en sus individuales pormenores, venía á ser el mismo á primera vista y en con junto.

Allí, en efecto, habia, como antaño, clérigos y cofrades, soldados y bailadoras, señores y plebe: allí se veian, á la puerta de las oscuras cuevas, hileras de sillas ocupadas por lujosas damas y endomingados caballeros: allí resaltaban á la luz del sol los animados colorines de los pañuelos y sayas de las criadas y labriegas, los pintarrajados chalecos y fajas encarnadas de los hombres del pueblo, las medias blancas de trabilla de los que llevaban calzon corto, los refajillos colorados de las niñas pobres y descalzas que no tenian vestido, y las cobrizas carnes de los chicuelos que no tenian ninguna ropa...

Tambien se veia allí, sobre una mesa con mantel de altar, la reluciente figura del Niño Jesus, adornada con todas las alhajas que le regalara pocas horas ántes Manuel Venegas, cuyo puñal indio, de pomo de oro con piedras preciosas, seguia á los piés de la bella Efigie, como pintan al dragon del pecado á los piés de la Vírgen María.

Las gentes contemplaban, llenas de asombro y curiosidad (y muy edificadas y reconocidas al cielo, á creer en sus terminantes declaraciones), aquellas valiosas ofrendas de la mayor ira, trocada de pronto en cristiana mansedumbre...—Indudablemente, la idea de este maravilloso cambio llenaba en su morisca imaginacion, ganosa de emociones extraordinarias, el vacío resultante del pacífico término de un conflicto tan dramático y descomunal como el hecho tablas por la caridad de D. Trinidad Muley.—¡Habíase frustrado la tragedia; pero quedábales mejor y más noble asunto de perdurables comentarios: quedábales un poema religioso!

Sin embargo (y aunque difícilmente hubieran podido explicar la causa), hallábanse desanimados y tristes...—Acaso les acontecia lo contrario que á Manuel Venegas, y, así como éste tenía caridad sin fe, ellos tenian fe sin caridad...—Ó puede que todo consistiera en que los Canónigos (á quienes se aguardaba para empezar la fiesta) no habian llegado todavía; ó en que tambien faltaba de allí nuestro amigo el Veterano Capitan, que solia ser el gran jaleador del baile y de la Rifa; ó en que habia cundido la infausta nueva de que D. Trinidad Muley se hallaba enfermo en cama, con una fuerte calentura, y que habia llamado á un escribano para hacer testamento, como cesionario de la mayor parte de las riquezas de su antiguo pupilo.

La llegada de D. Trajano y de la forastera, seguidos de doña Tecla, de Pepito y de otros tertulios, alegró algo á los demas concurrentes, quienes, como de costumbre, pasaron minuciosa revista al traje, al peinado y á los adornos de la elegantísima prima del Marqués, tratando de aprendérselo todo de memoria, así como sus menores gestos y ademanes.

Muy hermosa y gallarda iba á la verdad aquel dia, con su vestido de gro celeste y su mantilla de blonda negra, que más bien servian de realce que de disfraz á las arrogantes líneas de su cuerpo; pero inútil era que las beldades del país tratasen de copiar lo que en aquella mujer de raza, educada desde la cuna por las sílfides de la elegancia y de la moda, constituia ya segunda naturaleza.

Tampoco fuera oportuno que nosotros nos detuviésemos en este acelerado epílogo á relatar todo lo que hablaron allí la madrileña, D. Trajano y Pepito acerca del chasco dado por Manuel á la expectacion pública. Sólo diremos que la deidad proclamó repetidas veces que aquel desenlace habia sido muy frio, y que si como cristiana se felicitaba íntimamente del buen término del asunto, como artista, no podia ménos de declarar que todo aquello era prosaico y vulgarísimo, y nada propio de un héroe de tanto corazon y arranque como ella habia supuesto al famoso Niño de la Bola.

—En fin... (concluyó diciendo:) ¡el drama no ha resultado romántico!

—¡Tiene usted más razon de lo que se figura! (contestó el señor de Mirabel.) ¡Para drama romántico, le falta un par de crímenes!—En compensacion... (usted misma lo ha dicho), su desenlace ha sido eminentemente cristiano.