—Y ¿qué tiene que ver el arte con el cristianismo?—replicó la forastera.
—El arte romántico, ¡nada! (expuso el jovellanista.) Precisamente es hijo de la soberbia y la impiedad, y no admite más culto que el de la mujer y el de la venganza.—Los románticos son idólatras de sí mismos, de sus pasiones, de sus afectos, de sus amarillentas adoradas y de otras pobrezas terrenales ejusdem furfuris.
—Don Trajano debe de tener razon... (observó el hipócrita Pepito); pues por ahí se dice que los más irritados con la solucion amistosa del tal drama son los incrédulos de la Botica.
—¡Terrible gente! (respondió el jurisconsulto, alzando mucho las cejas.)—Á mí no me asustan los milicianos nacionales...—¡Ya vieron ustedes ayer qué entusiasmados y devotos iban en la Procesion!... ¡Estos progresistas son buenos en el fondo!—¡Pero esa gentecilla nueva que no cree en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo representa un gran peligro para el porvenir!
—Oye una palabra, Trajano... Con permiso de los señores...—dijo en esto al discípulo de Moratin aquel otro viejo, tambien moderado jovellanista, que la tarde ántes vimos con él en un balcon.
Y, arrimando la boca á su oido, añadió lo siguiente:
—Esa gentecilla que dices, es nuestra legítima heredera...—Nosotros, con todos nuestros pergaminos y nuestra sangre azul, fuimos, cuando jóvenes, partidarios de la Razon, del Buen Sentido y hasta de aquel Sér Supremo que sustituyó al antiguo Jehová...—¿No te acuerdas?
Y, al hablar de este modo, el viejo se reia cínicamente.
—¡Eso no se dice!—gruñó D. Trajano de muy mal humor.
—Te lo digo á tí...