—¡Ni á mí tampoco!—¡Ni á tí mismo!—Y verás cómo, con el tiempo, te acostumbras á creer que tienes otras ideas...
Peliagudo se habia puesto el negocio, cuando quiso Dios que llegaran á la Rifa Antonio Arregui y la Dolorosa, cortando con su presencia aquella y todas las conversaciones pendientes, muy ménos interesantes que las mismas personas que les servian de asunto.
Antonio iba sumamente descolorido y turbado, pero más obsequioso que nunca con su mujer, como haciendo público alarde de dicha conyugal, al par que buscando en el fondo una verdadera reconciliacion doméstica.
Soledad no parecia la misteriosa esfinge de siempre. Habia cambiado de actitud y hasta pudiera decirse que de carácter. Estaba inquieta: miraba á todos lados, y sus ojos no eran ya mudos abismos llenos de sombra, sino volcanes de amor en actividad...—El preconcebido adulterio acechaba desde ellos á la honradez para herirla por la espalda.
Vestía de blanco como una novia, sin que su elegancia y donaire tuviesen nada que envidiar á la forastera. Una toca negra de encaje hacía resaltar dulcemente la blancura de su muy descubierta garganta, así como los hilos de perlas que le servian de brazaletes pardeaban al querer competir con sus nevados brazos.—Estaba hermosísima: la tentacion no se mostró nunca en más temible forma.
No al lado de su adorada hija, sino al lado de Antonio Arregui, habíase sentado la señá María Josefa, muy acabada por aquellos dos dias de mortal zozobra; pero aún vigilante y en la brecha, como si la alarmasen tristes presentimientos.—Honor y dechado del sexo femenino (que tan desventajosa representacion tiene en esta reducida historia), aquella noble mujer, que no se allanó, cuando moza, á las demandas de su millonario señor, sino al debido precio de su mano y de su nombre; la que despues hemos visto esposa fiel, paciente y trabajadora; la madre amantísima; la amiga de los necesitados, no podia ménos de hallar, y halló efectivamente aquella tarde en tan numeroso y vário gentío, miradas de compasion y de respeto por parte de otras muchas mujeres de bien; condigno premio de un largo heroísmo; elogio fúnebre, no muy anticipado por cierto, de la que habia de morir á los pocos dias.
Llegaron, al fin, los Canónigos, justificando su tardanza con la solemnidad de las Vísperas que acababan de rezar, en conmemoracion de no sé qué difunto monarca vencedor de los mahometanos, é inmediatamente comenzó la Rifa, seguida del Baile; este último al són de instrumentos moriscos, ó sea de guitarras, platillos, carrañacas y castañuelas, como ántes de la Conquista.
Las parejas de danzarines no se concertaron en virtud de puja, sino espontáneamente, formándolas, por tanto, mozas y mozos de la clase baja, al tenor de sus particulares inclinaciones, de donde sólo hubo que admirar el rumbo y desenfado de tal ó cual refajona metida en carnes y de coloradas mejillas, que se movia como una peonza, ó las primorosas y contínuas mudanzas con que la obligaba algun pinturero bailador de zapatos blancos.
Respecto de la Rifa, era mucho menor el interes del señorío, pues no se subastaba otra cosa que los hilos de marchitas uvas, las tortas de pan de aceite y las panojas de arrugadas peras y manzanas (todo allí de manifiesto) que habian regalado los devotos al Niño Jesus...
De esta manera llegaron las cinco de la tarde, y ya se disponian á regresar á la Ciudad algunas familias acomodadas, entre ellas la de Antonio Arregui, cuando notóse de pronto en las más distantes y encumbradas cuevas una gran agitacion, acompañada de gritos de mujeres y niños que decian: