—¡Manuel Venegas! ¡Manuel Venegas! ¡Allí viene! ¡Ahora cruza las viñas! ¡Pronto llegará ahí!
Un rayo que hubiese caido en medio de la multitud no habria causado tanto pavor.—Todo el mundo se puso de pié: cesaron la música y el baile: corrieron gentes al encuentro del temido jóven, guiándose por las indicaciones de los que lo veian (pues llegaba por camino desusado); huyeron otras personas en sentido opuesto, como para librarse de la tormenta que se cernia en los aires..., y áun hubo algunas que hablaron de ir á buscar á D. Trinidad Muley...
Antonio Arregui era el único que permanecia sentado, ó, por mejor decir, que habia vuelto á sentarse al oir aquel temeroso anuncio.—Estaba lívido; pero resuelto, callado, y como indiferente á lo que sucedia.
La señá María Josefa le decia llorando:
—¡Vámonos! ¡Vámonos á casa! ¡Piensa que tienes un hijo!
Otras mujeres se ofrecian á esconderlo en tal ó cual segurísima cueva.
Las autoridades procuraban tranquilizarlo, diciéndole que ellas no consentirian ningun atropello...
Antonio no contestaba á nadie.
Soledad, de pié, silenciosa, terrible, parecia aguardar la resolucion de su marido.
—¡Siéntate!—díjole éste con desabrido tono y sin mirarla.