Soledad obedeció con indiferencia.

Y las autoridades y las demas gentes retiráronse de él con frialdad, en vista de que nada les respondia, yendo el Alcalde á consultar el caso con el jefe de su partido, ó sea con D. Trajano Perícles de Mirabel, á quien debia la vara.

El jurisconsulto informó que no podia prenderse á Manuel Venegas miéntras no cometiese delito ó conato de él; pero que habia que vigilarlo mucho, así como á Antonio Arregui.

La forastera, que, aunque algo asustada, estaba en sus glorias, opinó lo mismo.

Entónces rogó el Alcalde á todo el mundo que se sentara, y mandó que prosiguiesen la música y el baile; como, en efecto, así se hizo, bien que sin gana de los actores ni atencion alguna de los circunstantes.

Entretanto, ya habia asomado Manuel Venegas, no por el camino de la Ciudad, sino por lo alto de los cerros, cual si desde la vecina Sierra hubiera bajado á campo travieso para caer más pronto en aquellos parajes.

Venía á caballo, y faltábanle muy pocos obstáculos que vencer para entrar en camino expedito y llegar en breves instantes al lugar de la Rifa.

La perplejidad del Coro era inmensa, indefinible.—¡Habia cambiado tantas veces de papel en aquel drama, que ya no sabía qué actitud tomar, ni discernia acaso sus propios sentimientos!

En esto, llegó Manuel cerca de la explanada que servia de centro á la fiesta. Apeóse del caballo, cuya brida entregó al primer oficioso que se puso á sus órdenes, y, sin mirar ni saludar á nadie, acercóse al sitio en que se bailaba.

Antonio giró un poco sobre la silla, hasta dar la espalda al arrogante jóven, como dejando el cuidado de su propia vida á la conciencia del público y á los representantes de la Ley.