Manuel, demudado por cuarenta y ocho horas de constante martirio, febril, delirante, enloquecido por la carta de Soledad, miraba á ésta con la terrible audacia de siempre, y tambien con una especie de amorosa ufanía y declarado triunfo que pregonaban la deshonra de Antonio Arregui, llenando de asombro á la concurrencia.—¡Indudablemente, si el esposo hubiera visto aquella mirada, su dignidad le habria hecho saltar del asiento, y abalanzarse al temerario que así le ofendía!... Pero repetimos que Antonio no hacía caso alguno de Venegas.
Soledad, por su parte, tenía clavados los ojos en el suelo.
La madre era la única que lo veia todo; y, por resultas de ello, temblaba como la hoja en el árbol.
Tambien temblaba el público...; y no fué uno solo de los presentes quien murmuró en voz baja:
—¡Esto es horrible! ¡Se masca la sangre!
Otros decian al mismo tiempo:
—¿Habeis reparado? ¡Manuel trae dentro de la faja un par de pistolas!
Y, en efecto, todos advertían que su rico ceñidor de seda marcaba en la parte anterior de la cintura dos largos bultos que daban lugar á semejante suposicion.
En fin: el caso era de lo más grave y comprometido que pudieron apetecer nunca los aficionados á querellas y desastres.—Si Vitriolo hubiese estado allí, se habria bañado en agua de rosas.
Un buen hombre, el viejo buñolero de la Plaza, tuvo entónces una idea muy feliz, nacida de su deseo de conjurar el inminente conflicto, llamando hácia otro lado la atencion de Manuel y de los espectadores: