—¡Un real (exclamó), por que Manuel baile con la señora Marquesa!
Y señalaba á la huéspeda de D. Trajano.
El pensamiento fué muy aplaudido y despertó en la gente una frenética y deliberada alegría, que más bien era generosidad y misericordia.—La causa del Bien acababa de ganar mucho terreno.
Nadie pujó en contra del piadoso anciano; y, como la más vulgar cortesía vedaba á Manuel oponerse á bailar con tan noble señora, y, por otra parte, convenia á su propósito que la ley tradicional de la Rifa fuese aquel dia respetada ciegamente por todo el mundo, cedió al blando impulso con que lo animaban muchas personas, y adelantóse hácia la forastera.
Esta no se hizo de rogar, y ya estaba de pié cuando Manuel llegó á ella sombrero en mano. Dirigió la beldad una amable sonrisa á nuestro héroe, por vía de saludo; tercióse la mantilla debajo del brazo, como si hubiese nacido en el propio Albaicin; y, tomando puesto entre las demas parejas (que hicieron alto inmediatamente, con gran respeto, para que la gentil madrileña y el famoso Manuel luciesen mejor su gallardía), rompió á bailar un fandango clásico, sobrio de mudanzas, pero voluptuoso como el que más, que arrancó mil aclamaciones á los circunstantes.
Manuel apénas se movia. Hubiera podido decirse que únicamente oscilaba, atraido por las alternadas idas y venidas de la bella aristócrata, cuyo traje de seda crujia á cada garbosa contorsion de sus brazos y talle, como las lucientes escamas de elegante culebra que se irgue y enrosca alternativamente, queriendo fascinar á la ansiada víctima.
Pero el infortunado jóven, á quien la negra suerte habia reservado aquel último escarnio, no levantaba la vista del suelo.
Soledad aprovechaba en tanto la general distraccion para devorar á su amante con los ojos... Seguia Antonio casi vuelto de espaldas á su mujer y al público... Y, como si todavía fuese posible que sustituyese la comedia á la tragedia, D. Trajano y Pepito sentian unos celos feroces al pensar que no eran ellos idóneos para el personalísimo arte de Terpsícore.
Acabó de bailar la llamada Marquesa, y quedó con los brazos medio tendidos, esperando el inexcusable abrazo de ordenanza.
Manuel se detuvo, cortado..., y ella permaneció tambien inmóvil, dominada por el femenil pudor.