—¡Que la abrace!—gritó el público.

Manuel avanzó tímidamente y abrazó á la hermosa forastera, entre los aplausos del gentío.

Cogióse entónces ella de la mano del jóven, para que la condujese á su sitio, y díjole á los pocos pasos, deteniéndolo:

—¡Conque ya no se marcha usted!—Vaya usted á visitarme y hablaremos de América...—Yo tengo intereses en Lima.

—Señora... (contestó Manuel lúgubremente.) ¡Lo que ha tenido usted es la crueldad de bailar con un cadáver!

La forastera sintió un escalofrío de horror, y, soltando la mano del infeliz, lo saludó ceremoniosamente y corrió á su asiento.

—¡Es un hombre finísimo!... ¡Un hombre delicioso!...—iba diciendo á izquierda y derecha, para ocultar su miedo y su humillacion.

En aquel mismo instante sonó una voz terrible, como la trompeta del Juicio Final: la voz de Manuel Venegas, que decia:

—¡Cien mil reales por que baile conmigo aquella señora!

Y señalaba á Soledad.