Todo el mundo se puso de pié, y Antonio el primero de todos.

Reinó, pues, una agitacion indescriptible.

Manuel Venegas estaba plantado en medio de la explanada, solo, con los brazos cruzados, y fijos los ojos en la Dolorosa.

Esta y su madre contenian á Antonio, miéntras que las Autoridades, los Prebendados, el señor de Mirabel y otras muchas personas de viso le decian que Manuel estaba en su derecho; que la peticion era legal; que sólo podia rechazarse haciendo otra oferta mayor; pero que sería temeridad intentarlo, cuando aquel hombre poseia millones y estaba medio loco.

La gente de pelea y toda la chusma de chiquillos y pordioseros gritaban entre tanto:

—¡Ya está dicho! ¡Cien mil reales!—¡Si el otro no da más, que tenga paciencia!—¡Vamos, señora!... ¡Salga usted á bailar, que se hace tarde! ¡El Niño Jesus es ántes que todo!—¡Señor Arregui, en este sitio no se pelea más que con dinero! ¡Suelte usted la mosca ó la mujer! ¡No hay escapatoria!

Antonio tuvo que desistir de su empeño de ir á concertar con Manuel un desafío á muerte (que era el plan que se deducia de sus medias palabras), y, apremiado por el Mayordomo de la Cofradía, que gritaba con voz oficial: «¡Cien mil reales por que baile la señora de Arregui con D. Manuel Venegas!», exclamó con irritado acento:

—¡Todo mi caudal por que no baile!

—¡Eso no sirve!—¡Esa proposicion es nula!—¡Desde lo que pasó aquí hace ocho años, quedó establecido que sólo se admiten pujas de dinero presente! ¡D. Elías no le pagó á la Hermandad aquellos dos mil duros, y los cofrades tuvimos que pechar con las costas del juicio!

Así dijeron á Antonio en varias formas y maneras los gritos de la muchedumbre y los discursos de las importantes personas que lo rodeaban.