Manuel seguia impasible, esperando en su puesto.

Soledad habia dicho ya varias veces á su marido:

—¡Déjalo! ¡Bailaré! ¿Eso qué importa?—¡Tambien ha bailado la prima del Marqués!

—¡No bailas!—replicó duramente Antonio.

—Dices bien.—¡Que no baile! (exclamó la señá María Josefa).—Vámonos á casa.

—¡Eso es imposible! (repusieron los hombres graves y la Autoridad.) ¡Hay que respetar las costumbres del pueblo! ¡Hay que evitar un motin! El Niño Jesus no puede perder ese dinero...

—Iré á mi casa y á casa de mis amigos por todo el oro que pueda reunir... ¡y pujaré hasta las nubes!...—contestóles el digno riojano.

—¡Locura! (arguyeron los otros.) ¡Pronto será de noche!—Además: ¿cómo va usted á dejarse aquí á la señora?—Ni ¿cómo llevársela, sin que baile?—¡Nadie lo consentiria!...

En tal situacion, dejó su asiento la forastera, la dictadora de aquel pueblo, la mujer de todos temida y reverenciada, y, llegándose á Soledad, la cogió de la mano y le dijo políticamente:

—Señora: quisiera tener el honor de llevarla yo del brazo al baile...—Y usted, caballero Arregui, reflexione que yo misma he bailado con la persona de que se trata...—Conque vamos, señora... Se lo suplico...