Soledad se levantó.

Arregui no supo qué contestar, y bajó la cabeza desesperadamente.

El público abrió calle, y la forastera condujo á Soledad á donde la aguardaba su atrevido amante.

Este acababa de sacar de la faja lo que habia parecido un par de pistolas, y que resultó ser un par de paquetes de onzas de oro. Contó trescientas trece sobre la bandeja que le presentaba un cofrade, y dijo naturalísimamente:

—Sobra media onza.—Désela usted á cualquier necesitado.

En seguida se volvió hácia Soledad; saludóla, quitándose caballerescamente el sombrero; y, como en esto principiase la música, comenzó tambien el fatídico baile de aquellos dos séres que no habian cruzado nunca una palabra y que, sin embargo, podia decirse que habian pasado la vida juntos, alentados por una sola alma, subordinados á un mismo destino.

Soledad no bailaba: iba y venía de un lado á otro, con los ojos fijos en tierra, como dominada por un vértigo. Manuel no bailaba tampoco: seguia los pasos de Soledad, mirándola frenéticamente, como el sediento mira el agua que va á llevar á sus labios.

Antonio temblaba con la faz oculta entre las manos, para no ver el ludibrio que se hacía de su amor, tal vez de su honra...

El público guardaba un silencio medroso, que parecia la tácita expresion del remordimiento anticipado.

Detúvose, al fin, Soledad, como dando por concluida tan espantosa danza, y levantó hácia Manuel unos ojos hechiceros, voluptuosos y malignos, en que se leia toda la carta que le habia escrito al amanecer...