Manuel se llegó entónces á su querida con los brazos abiertos, en los cuales se arrojó ella, sin poder dominar el amoroso arrebato de su alma y de su sangre. Recogióla el mísero, y la estrechó á su corazon, como el trofeo de toda su vida..., y el mundo y el cielo desaparecieron á la vista de los dos insensatos...

—¡Socorro! ¡que la ahoga!—prorumpió súbitamente la madre, corriendo hácia ellos.

—¡Asesino!—gritó Arregui, al alzar los ojos y ver lo que pasaba.

—¡La ha matado!—exclamaron otras muchas personas entre alaridos de indescriptible horror.

Y era que todos habian visto á Soledad ponerse azul, echar sangre por la boca y por los oidos, y doblar la cabeza sobre el seno de Manuel Venegas... ¡Era que los más cercanos habian oido crugir endebles huesos entre aquellas dos férreas tenazas con que el atleta loco seguia estrechando contra su corazon á la Dolorosa!

¡Y el desdichado (ignorante sin duda de que le habia dado muerte) miraba entretanto en derredor suyo, como desafiando al universo á que se la quitara!...

Á todo esto, la madre habia llegado, y pugnaba inútilmente por desasir á su hija de los brazos de aquel leon...

Antonio se abalanzaba por su parte al puñal que tenía á los piés el Niño Jesus, y corria hácia Manuel lanzando aullidos de venganza...

Manuel lo vió llegar; vió que le heria; sintió el golpe; pero no hizo nada para defenderse, por no soltar á su adorada...

Sólo cuando el puñal húbole atravesado el corazon, fué cuando abrió los brazos, de donde se desplomó en el suelo el cadáver de la Dolorosa.