La indignacion general contra D. Elías llegó al último límite segun que fueron sabiéndose todos estos pormenores, y gracias á que el astuto riojano, cuya casa habia quedado reducida á cenizas, continuaba viviendo en la del Alcalde; que, de no ser así, lo hubiera pasado muy mal. Sin embargo, como en el mundo no hay nada más valiente que un usurero apoyado en la Ley (de donde todos los judíos son tan amantes y conocedores de ella), y como, por otro lado, nuestro buen Caifás no era cobarde de nacimiento, sino prudente conservador de sus millones y del infinito placer de aumentarlos, resolvió mudarse inmediatamente al caseron solariego de los Venegas, que ya le pertenecia; y, para ello, dispuso hacer en él una poca obra, reducida á fortificarlo bien y á proveerlo de muchos cerrojos, llaves y trancas.

Algo se habló tambien con este motivo sobre juntas y conciertos de los operarios para no trabajar en los reparos de aquella venerable mansion; pero D. Elías, que lo supo, anunció que pagaria los jornales con algun aumento, en atencion á la carestía del pan; por cuyo sencillo medio halló de sobra quien le sirviera, y pudo trasladarse muy pronto á su nueva casa, con su mujer y con su hija, aprovechando al efecto cierta noche que llovia á cántaros y en que no andaba por la ciudad persona humana...

Una vez dentro del antiguo palacio, y atrancado que hubo las puertas, respiró con satisfaccion, como quien no pensaba volver á salir á la calle en otros cuatro ó cinco años, y dijo á su mujer:

—Mañana mismo escribiré á mi banquero de la Capital para que le envie á la niña cinco mil duros de ropas, alhajas y juguetes.—Tú y yo nos arreglaremos de cualquier modo.

Y dió una docena de besos á su hija, y se acostó en la cama que habia sido de D. Rodrigo y cuyos aplastados colchones conservaban todavía la huella del peso de su cadáver.

La mujer del avaro no quiso ocupar en aquel lecho dos veces fúnebre el sitio de la que fué años ántes felicísima esposa del pundonoroso caballero, y, pretextando tener que trabajar mucho, se pasó la noche dando cabezadas en una silla.

En fin..., Soledad, la niña mimada, la hija querida de Caifás, durmió en la cama que habia pertenecido al desahuciado hijo de Venegas.

¿Qué habia sido entretanto del pobre huérfano, del desheredado de diez años, del niño en cuyo lujoso catre soñaba con los prometidos juguetes la millonaria de ocho abriles?

Aquí es donde verdaderamente principia nuestra historia.