III.

DE CÓMO UN NIÑO DEJÓ DE SERLO.

Manuel, que así se llamaba el huérfano, era, la funesta mañana en que su padre lo dejó dormido para ir á lanzarse al fuego que devoraba la casa de D. Elías, un gentilísimo muchacho, blanco y sonrosado como el más vistoso amanecer, y alegre y retozon como una fierecilla descuidada.—Criábalo D. Rodrigo con el mayor esmero, no cifrado todavía en enseñarle nada literario, ni tan siquiera á leer y á escribir, de lo cual decia que siempre habria tiempo, sino en fortalecer y avalorar su ya robusta naturaleza física, sujetándolo á rudos ejercicios de agilidad y fuerza, aleccionándolo en la equitacion y en la natacion, obligándolo á andar largas jornadas en interminables cacerías y explicándole de paso los misterios de la Sierra, la botánica de los montesinos, la medicina de los cortijeros, la astronomía de los pastores, las costumbres de todos los animales, la manera de luchar con ellos y matarlos, ó de cogerlos vivos y reducirlos á su obediencia, y otros muchos secretos de la vida agreste y montaraz; de donde resultaba que siempre estaban juntos padre é hijo, y que se querian y trataban, más que como lo que eran, como dos hermanos, como dos camaradas, como dos compadres.

Nada sabía el halagado pequeñuelo de la total ruina de su casa ni de las consiguientes zozobras de D. Rodrigo (quien, como se ve, lo criaba para pobre, presintiendo que llegaria á serlo); y, por lo tanto, su niñez se deslizaba tranquila, dichosa, placentera, hasta donde es posible en quien no ha conocido madre, cuando vinieron en monton y de golpe sobre su frente todos los infortunios humanos...—En un mismo dia... ¡en el espacio de pocas horas!..., vió que traian de la calle, abrasado y sin conocimiento, al ídolo, al señor, al compañero y único amigo de su vida; presenció su espantosa muerte, sin recibir ni una mirada de sus inmóviles ojos ni un consejo ni un ósculo de sus convulsos labios; se enteró de que existia Caifás y de la terrible tragedia del incendio, así como de su espantoso orígen; supo que era tan pobre como los mendigos descalzos que piden limosna de puerta en puerta; comprendió que tenía que despedirse para siempre de aquellas paredes y de cuanto encerraban, inclusos los objetos que más le hubieran recordado al autor de sus dias; contempló, cual si soñase, á todos los vecinos de la Ciudad, constituidos en su casa, alrededor del cadáver de don Rodrigo, guardándolo como si fuera suyo, hasta que finalmente lo alzaron en hombros y se lo llevaron..., no sin darle ántes á él muchos besos y decirle muchas cosas, que no le supieron á nada..., y quedóse allí abandonado, silencioso, estúpido, sentado en un rincon de la cámara mortuoria, en la actitud de quien no espera ni tiene para qué esperar á nadie...

Llegada, en fin, la noche..., la primera noche de orfandad; cuando dejaron de tañer las campanas y de sonar las remotas músicas del entierro; cuando hasta las tinieblas le advertian que ya estaba solo sobre la tierra; cuando comenzaba á figurarse que él tambien habia muerto y sido sepultado, oyó una voz ronca y áspera, la voz de un sacerdote grueso y feo, que le decia lúgubremente:

—Muchacho, ¿dónde estás?—¿Por qué no has encendido luz?—Vénte conmigo... ¡Yo te recojo, y sea lo que Dios quiera!—Vámonos á mi casa...

Manuel lo siguió como un autómata, ó más bien como el pobre can que se ha quedado sin dueño.


IV.

UN CURA DE MISA Y OLLA.