Manuel borró con el pié el nombre del difunto caballero, y se puso á escribir otro, que resultó ser el de la madre á quien no habia conocido: «Manuela».—En cuanto al bolson, ni siquiera se dignó mirarlo; pero, para dar á entender que nada tomaria, se metió las manos en los bolsillos del pantalon.

—¡Eres muy rencoroso, ó tienes mucho orgullo, Manuel! (dijo entónces con amargura la señá María Josefa.)—Por lo visto, crees que todos los de mi casa somos tus enemigos, y lo que es en eso te equivocas...—Figúrate que tengo una hija, á quien adoro, como tu pobre padre te adoraba á tí; la cual, esta mañana le decia á mi marido despues del almuerzo:—«Mira, papá: es menester que perdones á ese niño tan hermoso que se sienta todas las tardes ahí enfrente, y que le digas que sí á lo que venga á pedirte...—¡Á mí me da mucha lástima de él!—¡Dicen que ántes era más rico que nosotros y que la cama en que yo duermo ha sido suya!...»—¡Conque ya ves, hombre; ya ves! ¡Hasta mi Soledad se interesa por tí!

Manuel habia levantado la cabeza y dejado de escribir en el suelo.

—Dígame usted, señora... (pronunció entónces reposadamente:) ¿Cuántos años tiene esa niña?

—Va á cumplir doce...—respondió la madre con incomparable dulzura.

Manuel volvió á su distraccion, y escribió en la tierra: «Soledad.»

—Conque ya te habrás convencido de que puedes tomar esta friolera...—añadió la buena mujer, alargándole el dinero.

Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad:

—Señora... ¡bastante hemos hablado!

Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, hasta que desapareció detras de una esquina.