La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa y triste. Luégo se levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se atreveria á llamar su casa.
En cuanto al niño, no habian transcurrido cinco minutos cuando ya estaba otra vez sentado en el poyo de la acera de enfrente.
VI.
SOLEDAD.
Á los dos dias de la anterior escena, Manuel cambió las horas de su cotidiana visita á la Plazuela de los Venegas, y, en vez de por la tarde, la hizo por la mañana, constituyéndose allí á las nueve, que terminó el servicio ordinario de la Parroquia, con indudable propósito de estarse hasta la una, que era la hora de comer en casa de D. Trinidad.
¿Por qué este cambio?—¿Presumió el niño que á tales horas habria más entrantes y salientes en casa de Caifás, y por lo tanto mayor campo para sus observaciones? ¿ó tuvo noticia terminante y cierta de que así le sería fácil conocer á aquella niña de que le habia hablado la mujer del usurero, á aquella defensora de doce años que tanto le compadecia, á aquella Soledad inolvidable que le habia calificado de hermoso?
Lo ignoramos completamente.—Pero el caso fué que la mañana en que hizo tal novedad, vió Manuel entrar y salir varias veces al criado y cobrador del prestamista, ora solo, ora acompañado de escribanos y de otras personas más ó ménos notables de la Ciudad, y que, cerca de las doce, volvió á salir del caseron el mismo sirviente, el cual, despues de muchos rodeos y vacilaciones, penetró en un Colegio de Niñas, situado al extremo opuesto de aquella prolongada plaza, como á cien pasos de la puerta del palacio y del paraje fronterizo en que el sitiador tenía plantados sus reales...
Un vuelco le dió el corazon al avisado huérfano, cuyo instinto de cazador y antigua costumbre de regirse en la Sierra por indicios y conjeturas le advirtieron que iba á presentarse ante sus ojos la hija de Caifás...
Así fué, en efecto: pocos instantes despues salió del Colegio el asustadizo cobrador, llevando de la mano á una elegantísima niña, cuyo gallardo andar y vivos y graciosos movimientos, acompañados de alegres risas y del timbre argentino de una voz de ángel, dejaron desde luégo absorto al hijo de Venegas.