VIII.

PERIPECIA.

El dia siguiente, á las once de la mañana, estaba ya Manuel á la puerta del Colegio, en busca de la contestacion que aguardaba de parte de D. Elías, y, miéntras era llegada la hora de que la niña saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas maestras—así suelen discurrir los enamorados—tenian la gloria de verla coser y de oirla decorar sus lecciones, como si ella fuese tambien criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más léjos posible del mudo caseron, enmarañando y devanando por centésima vez en su memoria todas las palabras que dijera la víspera á la señora de sus pensamientos y todas las temeridades y locuras que desde entónces se le habian ocurrido sobre la significacion del rubor, de la mirada, del enojo, del desenojo, del miedo, de la sonrisa y de la fuga de la intrépida y silenciosa adolescente.

De lo que no podia dudar, de lo que no dudaba, de lo que estaba segurísimo era de que Soledad le amaba: no ya porque D. Trinidad Muley se lo hubiese contado, con referencia á la mujer del usurero, sino porque á él se lo habia dicho todo su sér, enajenado de un gozo y una delicia que no podian engañar á su leal naturaleza, desde que recibió aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos misterios) con que la niña, trocada en mujer, habia transfigurado al niño en hombre.

En cuanto á lo que pudiese contestar D. Elías á su demanda, Manuel estaba tambien completamente tranquilo.

—¿Qué mejor recurso le queda al acorralado Caifás (decíase el jóven, rebosando júbilo, soberbia y confianza) que transigir conmigo, que escapar á mi furia, que liquidar amistosamente con el espectro de mi padre, con el público y con Dios?—¡Nada! ¡Nada! ¡Soledad es mia! ¡Terminaron mis penas! ¡Desde mañana comenzaré á trabajar, y dentro de cuatro ó cinco años seré bastante rico para casarme con mi adorada!

Á todo esto iban á dar las doce, y el cobrador del prestamista no salia del palacio en busca de la educanda...—¿No habria ido ésta aquel dia al colegio?—¡Los minutos se le hacian siglos al impetuoso Venegas, y desde aquel instante comenzó á dudar de la solidez del edificio de esperanzas que poco ántes le pareciera tan seguro!...

Dieron, por último, las tres Ave-Marías todos los campanarios de la poblacion, y las niñas comenzaron á salir del Colegio, primero en grupos, luégo desperdigadas...—¡Soledad era la única que no salia! ¡Y el criado no iba tampoco por ella!

Manuel no pudo contenerse más, y, acercándose á una colegialilla de cinco ó seis años que se habia quedado rezagada y pasó cerca de él, le preguntó con afectada indiferencia: