—Dime, niña: ¿y Soledad? ¿No ha venido hoy al colegio?
—No, señor... (respondió el gorgojo.) La han quitado... ¡por mala!
—¡Ah viejo infame!—gritó Manuel, volviéndose hácia el caseron con el puño cerrado, como amenazando derribar aquellas paredes y sepultar bajo sus escombros á D. Elías.
Y se encontró cara á cara con D. Trinidad Muley, que hacía ya un rato estaba interpuesto estratégicamente entre su atolondrado pupilo y la casa del usurero.
—¡Tienes razon! ¡Es un pícaro; y por eso he venido yo á buscarte!—dijo el clérigo, cogiendo de un brazo á Manuel.
—¡Señor Cura! (exclamó éste con respeto, pero tambien con desesperacion.) ¿Por qué no me dejó usted morirme el dia que enterraron á mi padre?
—¡Muchacho! ¿qué dices? ¡Eso es una blasfemia! (contestó D. Trinidad, estremeciéndose.)—Anda... Vámonos de aquí... Tenemos que hablar.—El dia está bueno, y tomaremos el sol en el Camino de las Huertas.—Allí no hay nadie á estas horas.
Manuel habia inclinado la cabeza sobre el pecho, y caido en una profunda meditacion.
—Vamos... vamos... Sígueme... (continuó diciendo el Sacerdote.) No te abatas de esa manera... Para todo hay remedio en este mundo, máxime cuando se tienen sentimientos cristianos...—Yo te diré la marcha que debes adoptar, en vista de la oposicion de ese zorro viejo...—Conque anda; que aquí hace mucho frio.
El jóven siguió á su protector, sin levantar la cabeza, pensando más, indudablemente, en sus propios recursos y en los atrevidos planes que formó aquel dia, que en lo que el Cura tuviera que decirle.