Llegados al próximo Camino de las Huertas, D. Trinidad Muley (de quien hemos olvidado decir que, á los treinta y siete años de edad, era ya excesivamente grueso), paróse como una nave que da fondo; quitóse el enorme sombrero de canal, limpióse el sudor con un gran pañuelo de hierbas, tomó aliento dos ó tres veces, y habló así:
—Pues, señor: ¿para qué andar con circunloquios? ¡Es menester que olvides á Soledad! Su padre te aborrece con sus cinco sentidos, y no te la entregará nunca.—«¡No me lo nombres!...—¡Prefiero verte muerta!» le dijo ayer, en contestacion á tu sensato mensaje: é inmediatamente mandó al Colegio por la silla y demas efectos de la muchacha, haciendo decir á la maestra que Soledad era ya demasiado grande para ir á la amiga.—Todo esto me lo acaba de contar la señá María Josefa con las lágrimas en los ojos...—Suyo era el recado que recibí esta mañana de que aguardase á una persona que iria á hablarme á las once y media en punto...—La pobre mujer no queria verte, y sabía que á esa hora estarias en la puerta del Colegio...—Conque ¡lo dicho! ¡Es menester que me des palabra de honor, y hasta que me jures, no volver á acordarte de Soledad!
Manuel seguia con la cabeza baja y aparentemente tranquilo, en cuya actitud, y viendo que el Cura habia callado, le preguntó muy despacio:
—Dígame usted: ¿Y Soledad? ¿qué ha respondido á su padre?
—¡Nada!... ¿Qué habia de responderle?
—Pero... ¿ha dado muestras de sentimiento?... ¿ha llorado?...
—Soledad es como tú... ¡Soledad no llora!—Tambien se lo he preguntado yo á su madre...—¿Crees que, porque estoy vestido de Cura, no entiendo yo de estos negocios?
Manuel continuó preguntando:
—Y ¿qué dice la señá María Josefa? ¿Sigue creyendo que su hija me quiere? ¿Espera que se someterá á la voluntad de su padre?
—¡Mira, niño!... (respondió el Cura muy amostazado.) ¡Aquí no hemos venido á hablar de Soledad, sino de tí!—¡Á mí no me mareas tú!