La justicia sirvió en efecto de único resorte al hijo de D. Rodrigo Venegas para lograr tan alta magistratura de hecho; pero la justicia apoyada en la fuerza, la justicia inevitable y sin apelacion, la justicia acompañada de autoridad personal para ejercerla, y consentida y aplaudida por la opinion pública...—Más claro, y en más humilde estilo: Manuel dedicó durante tres años aquellos dos dias de la semana á destronar matones, á reprimir déspotas, á defender á los débiles contra los fuertes, cuando la razon estaba de parte de aquéllos, á sostener el imperio de la Ley, en los casos no justiciables por los encargados de aplicarla, y á corregir todo abuso, toda iniquidad, toda tropelía que trajese indignados á los hombres de bien.—Buscó en sus respectivos barrios, y en medio de su corte de vencidos, á los valientes y perdona-vidas más famosos de la Ciudad, y les echó en cara sus desmanes y desafueros, diciéndoles que no estaba dispuesto á consentirlos...—Observóse que, al proceder así, iba como siempre sin armas, y alguno quiso abusar de ello y acometerle puñal en mano... Pero, ¿de qué sirve el puñal á quien tiene encima al leon? Ni ¿qué importa al leon un poco de hierro en la mano de un hombre?—Rápido como la luz, Manuel cayó sobre el atrevido; tiróle en tierra al solo impulso de su violento salto; cogióle el brazo asesino con la tenaza de sus dedos, y se lo rompió como si fuera débil caña. Revolvióse luégo contra los demas...; pero encontróse con que todos eran ya sus vasallos y le aplaudian, miéntras que llenaban de injurias al maton caido, terror poco ántes de aquellas pobres gentes.

Casi ninguna otra prueba material tuvo que hacer el osado mancebo para que se le sometiesen todos los barateros de la poblacion. Donde quiera que habia riña ó tumulto y él se presentaba, era juez y árbitro del conflicto. Una mirada de sus ojos ó media palabra de sus labios bastaba para que se marchasen tranquilos los cobardes y llenos de miedo los valientes. Y como, además, en muchas ocasiones, transigia pleitos ó remediaba daños á costa de su bolsillo; como casi igualaba á D. Trinidad Muley en la abnegacion con que socorria al necesitado y compartia sus riesgos y dolores; como ya habia salvado la vida á más de una persona, luchando, ora con el incendio, ora con la epidemia, ora con la inundacion, resultaba que su predominio, léjos de humillar, era grato y parecia justo, á tal extremo que el vasallaje se convirtió en adoracion y reverencia.

Diferentes causas de índole muy distinta contribuian tambien á ello...—¿Cómo no? Su noble cuna, el recuerdo de su heroico padre, sus desgracias, su excéntrica vida, su identificacion con el Niño de la Bola, sus pocas palabras y precoz austeridad, su grave cortesía con los buenos, su hermosura, su elegancia, la buena sombra que le prestaba un padrino tan popular como D. Trinidad Muley, el no conocérsele vicio alguno, la misma idea de que Soledad le amaba, y en fin, hasta el presentimiento de que algun dia castigase á Caifás, desagraviando á tantas y tantas víctimas de su insaciable sed de oro..., eran parte á sublimarlo á los ojos del pueblo, á acrecentar su autoridad ó su prestigio, y á convertirle en un héroe de los que luégo salen en romances y relaciones.

Y, á la verdad, aquel adolescente medio salvaje tenía mucho de legendario y superior, áun en el órden moral y metafísico. El alma heroica que heredara de su padre, si bien abandonada á sí misma por falta de educacion literaria, habia sido pulimentada por el dolor, por la soledad, por el estudio reflexivo de la naturaleza y por la ardiente devocion que fué resultado de la especie de éxtasis en que pasó tres años consecutivos. ¡Siempre meditando y callando en aquellos dos templos (la Iglesia y la Sierra); ya entregado á su dolor de huérfano, ya á su odio al verdugo de su casa, ya al amor de Soledad, ya á estos tres afectos en pugna, habia llegado á adquirir un gran conocimiento de las fuerzas de su espíritu, por lo cual no era extraño que, áun siendo tan jóven, se sobrepusiese al de los demas!—Pasábale lo que á Jacob, despues de su lucha con el Ángel.

Finalmente: hasta en el órden material, cúpole á Manuel la gloria, á la edad de diez y nueve años, de acometer y realizar una gigante empresa que lo acreditó é idealizó más que todas las anteriores en el supersticioso concepto del vulgo.—Aconteció (y con esta anécdota daremos punto por ahora al interminable relato de las hazañas del hijo de Don Rodrigo Venegas) que en el crudísimo invierno de 1831 á 1832 corrióse hasta los abrigados barrancos del Sur de aquella Sierra un enorme oso, procedente de las montañas de Astúrias, acosado por el hambre, ó sea huyendo de las copiosísimas nieves que cubrian por entero las otras Sierras de la Península. Horribles estragos comenzó á hacer el animal en los rebaños y áun en las personas, bajando á la llanura á atacar á los caminantes cuando no hallaba presa en los rediles, y pregonada fué su piel en una respetable suma por todos los Ayuntamientos de la comarca; pero cuantas partidas salieron á cazarlo, volvieron escarmentadas á sus hogares, ó muy ufanas y satisfechas... de no haber sido cazadas por él.—Así las cosas, y cuando nadie se atrevia á salir de poblado, no ya en busca del oso, sino á los asuntos más precisos, amaneció un dia la fiera cosida á puñaladas en medio de la Plaza de la Ciudad.

Indudablemente, á juzgar por las huellas de todo el camino, el cadáver habia sido llevado á rastra desde la Sierra; pero no se sabía quién era el autor de tal hazaña, ni nadie se presentó á reclamar el anunciado premio...

—«¡Manuel Venegas ha sido! ¡Sólo él tiene enjundias para estas cosas!»—exclamó, sin embargo, la voz popular.

Y, en efecto, pronto se supo que el llamado Niño de la Bola habia llegado aquella misma noche, todo cubierto de sangre, á casa de D. Trinidad Muley, y que el barbero de éste le estaba curando tres grandes heridas que tenía en los hombros y en la espalda.

Á duras penas hízose confesar al jóven que él habia matado al oso, y referir la espantosa lucha á brazo partido que vióse obligado á mantener para ello (todo, por su manía de entónces, de no usar armas de fuego, que calificaba de alevosas); pero, en cambio, fué enteramente imposible hacerle recibir el mencionado premio.

—Se lo regalo (dijo Manuel) á Nuestra Señora de la Soledad, á quien encomendé mi vida y mi alma en el momento de mayor peligro.—¡Cómpresele un manto nuevo, y hágasele una funcion de primera clase!